Pregón de Caleta Famara 2013

Pregón de las Fiestas del Sagrado Corazón de Jesús
Caleta de Famara 2013

Por: MAESA VALLS QUINTANA

Queridos Amigos de la Caleta:
Ante todo, mi agradecimiento por el honor que me han hecho al encomendarme este pregón.Maeba Famara 2013
Cuando Silvia y Sandra me propusieron que abriera las Fiestas de La Caleta, dudé antes de aceptar, y finalmente lo hice, desde la profunda convicción, de que no podía negar nada a un grupo de caleteros que conozco desde pequeños y están trabajando con entusiasmo por hacernos unas fiestas entrañables y divertidas.
Acepté también asumiendo que mi único valor para pregonarles, es haber sido testigo de la historia de nuestra querida Caleta de la Villa, hoy Caleta de Famara. Esa historia que no recogen los libros…la historia de nuestras vidas cotidianas, y en eso consistirá mi pregón: en compartir con ustedes mis recuerdos, mis sensaciones, y hacerlos desde el corazón de una caletera de adopción que es una enamorada de este entorno y de su gente.

Mis primeros recuerdos de La Caleta fueron de los días de San Juan. Durante muchos años solo nos traían ese día porque se quejaban de que estaba muy lejos, tenían razón… hacer un viaje en un fotingo por una carretera de tierra y piedras llena de curvas y cuestas, ¡era toda una odisea!
Recuerdo la sensación a medida que nos acercábamos por aquella carretera sinuosa:
Primero Las Bajas, luego la playa de Famara, los Matos, y al final el pueblo de La Caleta. A la entrada nos encontrábamos con la casa de la Familia Machín, la reconocíamos de pequeños porque tenía por fuera un chaplón y unas banquetas de vértebras de ballena. ¿Se imaginan los niños que pudieran sentarse en huesos de ballena y pensar en barcos, en piratas y en tesoros escondidos? ¡Sería mágico!, como también lo sería para los mayores, encontrar un rincón tan auténtico como la “tienda de Machín”, que servía de ultramarinos, panadería, abastecimiento de agua dulce, y lo más divertido… un comedor donde su dueña, Doña Tomasa, jugaba a la baraja con un grupo de señoras de sobra conocidas y muy queridas por todos nosotros. Por nombrar algunas, Doña María Rijo, Doña Manuela, Doña Eugenia Rocha o Doña Concha Marina Rocha.
Por fin llegamos a nuestro destino, ¡a bajar las barquetas llenas de comida y entrar en la casa baja! La llamaban así, porque durante el invierno, en la puerta de atrás se formaba una enorme duna de arena y para retirarla y poder pasar, traían dos o tres camellos para que abrieran el paso.
Aquella montaña de jable era la gran diversión, ¡desde lo alto subíamos a la azotea! y veíamos la Graciosa, los islotes, y la gente que se estaba bañando en la playa. Pasábamos la tarde jugando al clavo, al fosforito, y ya más gal letones, hasta al envite.
El otro día en la tertulia de Marcial, me contaron que esta casa, que era de mi bisabuela Isabel Santana, fue casa de veraneo, hospedaje de militares, refugio de parejas de luna de miel, lugar de convalecencia de familiares y amigos, y hasta se rodó en ella una película.
Todo era bonito y entrañable. Los bajos llenos de excursionistas, familias de la Villa, de Soo, de Arrecife que venían a pasar el día de San Juan. Recuerdo curiosear y llamarme la atención las palanganas llenas de papas menudas y las enormes sandias y melones que inauguraban la fruta de verano.
También viene a mi mente la imagen de “seña” Bárbara, sentada en una piedra cerca de la cruz, saludándome con una sonrisa cariñosa.
Un año me propuse que el día de San Juan no sería el único del verano que iba a disfrutar de La Caleta, y volví locos a mis padres hasta que accedieron a dejarnos venir a cargo de mi abuela Lola, que ya había veraneado aquí en su juventud. Me contaba que se quedaban en unos almacenes prestados por unos amigos y que guardaba unos recuerdos maravillosos de esas temporadas. Ella también disfrutó mucho, pues se encontró con varias amigas y con la sorpresa de que sus nietos se conocían y eran amigos.
Fue un septiembre coincidiendo con las fiestas de La Caleta. Era una maravilla ver tanta alegría junta.
Agradezco a mis padres el que hayan apoyado esta decisión como todas las decisiones que han marcado mi vida.
Comentando con José Ramón lo bonita que era nuestra amistad, la convivencia entre los chicos de La Caleta y los veraneantes, me dio mucha alegría lo que me dijo: nosotros estábamos deseando que ustedes viniesen; nos sentíamos aislados y el verano era muy divertido. La alegría del encuentro era mutua pues para nosotros el veraneo era toda una aventura.
¡Y tan aislados!, recuerdo que venía un barbero una vez en toda la temporada, y ponía a chicos y grandes sentados en las piedras del bajo Méndez a esperar su turno para pelarse. Afortunadamente, cuando la marea subía se llevaba pelos blancos, negros y de todos los colores, y los charcos quedaban como nuevos.
Hace más de cuarenta años que comparto con este noble pueblo sus fiestas, sus costumbres, y sus tradiciones:
Los mantecados y el pan de la tienda de “seño” Pedro, el olor a pescado frito y fideos costeros que salía de la cocina de la casa de Leonor, y las tertulias y consejos de “seña” Amparo y “seña” María.
Desearía que continuásemos con nuestro camino de progreso, con nuestra de prosperidad, pero sin ignorar nuestras raíces.
Combinar la tradición con la modernidad es la más sabia aspiración que puede anhelar el hombre.
No nos dejemos llevar por el ritmo frenético que deshumaniza; regresemos de vez en cuando a la placidez de un pasado que tuvo cosas buenas y perpetuemos las en nuestros descendientes.
Recuperemos el talante afectuoso y sabio del que hicieron gala los hombres y mujeres de la Caleta.
Me gustaría compartir mis primeros recuerdos en cuanto a la celebración de la fiesta. La víspera por la noche, el pregonero, recuerdo especialmente a Paco Hernández, hoy cronista de Teguise, montado en una burra y acompañado por todos nosotros leía el pregón. Unos llevaban mechones de los que utilizaban los marineros para coger jaquetón por la noche, y esta era la única iluminación que tenía para leer el texto que nos pregonaba. Otros acompañaban tocando la guitarra, el timple y el resto aplaudíamos y cantábamos.
Los mayores, muertos de risa, se asomaban a las puertas de las casas, a ver pasar aquella divertida comitiva.
La fiesta se reanudaba a la mañana siguiente con la salida del sol. Empezaba con la Diana Floreada; los chicos con guitarras y timples, hacían un recorrido por las casas de las chicas, que nos íbamos incorporando a la parranda por todas las calles de La Caleta.
A medio día había concurso de natación, del Trampolín al bajo de la Marquesa, donde el jurado, provisto de un reloj de pacotilla, cronometraba el tiempo de los participantes. A continuación carreras de sacos y concurso de bolas y boliches.
Por la tarde se celebraba una gymkhana en la Playa del pueblo, en la que los chicos hacían de organizadores y jueces, y las chicas disputábamos diferentes y divertidas pruebas demostrando nuestra habilidad. La playa se llenaba de aplausos y ánimos para las atrevidas concursantes, que terminábamos pringadas de huevos y harina y con algún que otro cardenal.
Por la noche, siguiendo la tradición se celebraba la verbena. Según me contó Marcial el otro día, las primeras se hacían en un solar engalanado de palmeras cerca de la iglesia, y el baile se amenizaba con un violín que pertenecía a uno de los militares destacados en el pueblo y un cajón que servía de tambor. Más tarde se incorporó el timple de su tío Isidoro y algún otro instrumento.
Parece que Carmelina Bethencourt y Juana Manrique colaboraban en la organización: salero y arte a las dos les sobra.
Mario Ferrer, el hijo de doña Lola, la primera maestra de mi madre, recuerda que le contaron que un trompeta del batallón de La Villa cantaba:

Mi madre me llevó a la escuela
para aprender a leer
tiro la cartilla al suelo
para aprender a querer

Otro estribillo, este recordado por Miguel Ángel, el hijo menor de doña Lola dice:

Yo vi una rana en cueros
un cigarrón en camisa
un perro bailando un tango
y un gato muerto de risa

Aquellas auténticas verbenas se trasladaron a un solar donde hoy se ubica la casa de Carmelina y Jorge, y ahí tengo los primeros recuerdos de los bailes de La Caleta, todavía sin tener nada que ver con la gran fiesta de la que disfrutamos actualmente, pero no menos divertida. El baile lo abría varias parejas de mujeres; recuerdo a Antonia bailando con una amiga, con un estilo que recordaba a los bailes de salón.
Luego venía la elección de Mis Caleta. No me puedo olvidar el año en que eligieron a mi amiga Milagros Prats, a quien Feliciano, persona de feliz memoria, querido y respetado por todos, cumpliendo el deseo del comité de fiestas, le impuso una banda de elaboración casera, la coronó con una ristra de ajos y le regaló, a modo de ramo, un manojo de tollos.
El domingo se celebraba una misa cantada y la procesión marítima y terrestre. Para la procesión marítima se engalanaban los barcos con hojas de palma y banderitas de colores. La organizadora era nuestra querida Gloria que junto con sus amigas Inda, Irma, Emilia, Lucía y Loli, llenaban la playa de colorido.
Como casi ninguno de los veraneantes teníamos barco, participábamos en la procesión subidos en los de nuestros amigos de La Caleta: Francisco, Lipe, José Ramón, que iban abarrotados de gente porque no dejábamos a nadie atrás. Siempre teníamos algún percance.
Nos embarcábamos en el bajo de La Marquesa, porque por aquel entonces no había muelle. En una ocasión se cayeron unos cuantos al agua, entre ellos mis hermanos y Pepe, que me hizo mucha gracia porque cuando lo subimos al barco, del susto dijo: el año que viene me paso las fiestas de la Caleta en la Villa.
Después del desembarco de la Virgen comenzaba la procesión terrestre con toda su solemnidad.
La banda de música de La Villa compuesta por Olegario, Sosto; Juanele, entre otros, la encabezaba.
Portaban la peana los hombres del pueblo; entre ellos recuerdo siempre a Mariano, por eso, aunque lo echemos de menos, sigue con nosotros en esta procesión.
El párroco de La Villa, señor Dámaso y un grupo de señoras y señores, con mucho recogimiento, seguían a continuación; y luego la juventud y el chiquillaje, que aunque asistíamos por novelería, grabamos en nuestras mentes la importancia mantener esta tradición.
Las fiestas han evolucionado hasta convertirse en lo que son ahora, unas fiestas conocidas en todos los rincones del archipiélago, pero manteniendo lo que siempre las ha caracterizado: su espíritu integrador, donde todos podemos participar y tenemos nuestro espacio.
Mi deseo es que gocemos de estos días y hagamos disfrutar con nuestra hospitalidad a los que nos visitan y mantener La Caleta en lo más alto para que sus fiestas en honor al Corazón de María se sigan recordando como las más animadas de Lanzarote, y año tras año sea para propios y extraños una cita a la que no se pueda faltar.

Gracias a todos, y…

¡Felices fiestas!

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