Pregón de Caleta Famara 2011

Pregón de las Fiestas del Sagrado Corazón de Jesús
Caleta de Famara 2011

Por:  ALICIA MORALES MARTÍN

Hombres y mujeres de la Caleta, muy buenas noches y sean bienvenidos y bienvenidas a esta convocatoria festiva que hemos ido construyendo entre todos de forma colectiva cada año.
Agradecer, en primer lugar, la invitación, como pregonera de estas fiestas, por parte de la comisión que las organiza. Tras varios años insistiendo he pensado, desde la inconciencia, que éste podía ser un buen momento para hacerlo cumpliendo así con la deuda contraída con este pueblo marinero que tenemos todas aquellas personas que lo hemos disfrutado y seguimos haciéndolo aún hoy.

La fiesta que celebramos en honor del Sagrado Corazón de María como pasa en todas los comunidades marineras tienen, en su origen, un marcado carácter religioso centrado en las procesiones terrestre y marítima y al que luego, progresivamente, se van incorporando aspectos más lúdicos. Como todas las fiestas patronales suponen una interrupción de lo cotidiano y un lugar de encuentro, una prolongación y oportunidad de la convivencia para fortalecer lazos y relaciones entre las personas que compartimos ideas, memorias e intereses similares: Los pueblos siguen siendo, a mi entender, un refugio para la memoria, un espacio donde las vivencias individuales y la convivencia se asocian estrechamente. Estos festejos apuntan el final del verano y la vuelta a la rutina, el antes y el después en esa vivencia circular del tiempo que es una forma de acabar para volver a comenzar.
La fiesta es pues, la síntesis de tres momentos vivenciales, la llamada, el reencuentro y el homenaje: El pregón es llamamiento, convocatoria y animación a la fiesta. En este pregonarla trataré de ser breve y no extenderme, pues lo fundamental en la misma es, vivirla ampliamente.
En este pregón intentaré evocar mi particular visión de las fiestas: mis vivencias y percepciones personales: compartir entre todos ese engranaje de sentimientos, recuerdos y emociones tan difíciles de describir y referirme acaso a un patrimonio colectivo, sobre el que se ha construido la pequeña y Gran historia de la Caleta. Conocer una fiesta es, como ya he dicho, vivirla: yo la he vivido desde dentro, con intensidad, a lo largo de muchos veranos a los que no he dado tregua desde mi infancia hasta hoy.
He participado de la fiesta desde que era una niña pues las vinculaciones familiares con esta comunidad de pescadores y pescadoras viene de mis abuelos paternos y se prolonga con mis padres quienes desde pequeña, junto a mi hermano, me traían a pasar prolongados veranos a este lugar, al que yo, con tan pocos años, ya consideraba ¡un paraíso! Por eso más que hablar de la Caleta voy a hablar de lo que yo he vivido y sentido evocando recuerdos y emociones junto a las familias marineras y veraneantes que han habitado estacionalmente esta comunidad. Ambas han conformado mi identidad salina, regalándome generosas una de mis innumerables patrias al establecer arraigados y sentidos lazos de afecto y amistad.
Las fiestas, al igual que la vida y costumbres del pueblo han cambiado mucho en estos últimos años si comparamos los años 50 y 60 del siglo pasado a las actuales: la tardía entrada de la Caleta en la modernidad o tal vez mejor en la “modernización”, según el ojo con que se mire, han supuesto algunos avances sustanciales, como la canalización aún reciente del agua dulce hasta las casas. Termina así el guindado en las pequeñas aljibes y la peregrinación constante de las mujeres aguadoras quienes, caminando ligeras por la orilla de la carretera y portando sobre sus cabezas pesados barriles de agua salobre se mueven con exquisito equilibrio o manejando estibadas carretillas desde el pozo de Famara. Otro de los cambios lo trae, a mi entender, el tendido eléctrico que sustituye la tenues y humeantes luces de velas, faroles y quinqués, artilugios que en nuestras casas tantos quebraderos de cabeza ocasionaron en muchas de nuestras madres, cuando nosotras, escaqueando, descuidábamos una de las tareas de intendencia que nos habían asignado. Con posterioridad se introduce otro de estos cambios: el precario transporte público que tarda mucho tiempo en llegar y dificulta los desplazamientos que hasta entonces obligan, en muchas ocasiones, a realizarlos a pie o en burro, antes de que el coche fuera un transporte casi generalizado como lo es hoy.
Estos avances han supuesto también algunos inconvenientes de masificación que extienden el reducido escenario de almacenes y primeras líneas de casas dando al mar hasta consolidar los distintos núcleos de población dispersos y alejados que hoy podemos observar. El deterioro ambiental es, junto a cierto abandono de la pesca, actividad básica de la comunidad, otro de las transformaciones realizadas a favor del turismo y de los servicios que esta última actividad genera, lo que ha introducido, al igual que en otras zonas de la isla, cambios en las particulares formas de vida de este pueblo de pescadores y veraneantes al que deseosa llegaba siendo niña por la antigua y polvorienta carretera que unía la Villa de Teguise con la Caleta, camino que entonces me parecía interminable y por la que caminaban resignados y lentos, a veces quejumbrosos, los burros y algunos coches y camiones.
Los recuerdos que se agolpan en mi memoria son muchos e intensos como es la vida cuando tienes pocos años y quieres que los días tengan más de 24 horas para disfrutar de todo lo que te rodea y acontece. Me centraré sobre todo en aquellos recuerdos de cuando era pequeña y adolescente y la vida en este pueblo, aislado y desatendido por las instituciones, era de otra manera, distinta y distante de la de hoy.
La Caleta, para mí, además del lugar de las vacaciones, ha sido una escuela de vida, un lugar de aprendizaje de una de las actividades, la pesca, practicada desde los inicios de la historia de la humanidad. Hombres y mujeres de la Caleta son protagonistas de esta historia de mar con su singular forma de vida.
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Me gustaba de la Caleta esa vida de callejeo permanente arrastrando los pies descalzos por las montañas de arena que las sabias corrientes marinas traían a la playa en un deambular continuo por calles y callejones de arena practicando curiosa la vida que niños y niñas junto a las personas mayores tejíamos con el juego, el trabajo, el descanso y el goce y disfrute de la playa. Esa vida al aire libre que favorece la convivencia y la relación ocupa todo el día y algunas horas de la noche donde el escondite, el juego del pañuelo y el toque de timples y guitarras y las conversaciones tirados en la arena me parecen junto con el baño en la playa momentos inolvidables del veraneo. Vivir y disfrutar la calle y el mar fueron en aquellos años uno de mis bienes más preciados. Guardo imágenes especiales de los baños en el añorado trampolín haciendo piruetas en nuestros incansables saltos, también las meriendas en la temida y prohibida playa de Famara acompañadas de nuestras madres y vecinas junto a toda la chiquillería o las excursiones a las playas de la Marquesa, el Gofio y San Juan para coger conchas y jugar a la baraja con almendras en cualquier esquina, paseos, en otras ocasiones cuya finalidad era encontrar rojos y pequeñísimos perritos de coral que hacían de cuentas para hacernos collares o el trasiego de los barcos pequeños de vela de la Caleta para alcanzarnos a remo hasta las falúas que nos llevarían en esa aventura anual hasta la vecina isla de la Graciosa.
La playa es el lugar donde el trabajo y el descanso se suceden indistintamente. En ese deambular callejero diario ocupan un lugar muy especial las mujeres cuyo trajín incesante habla de su participación en la vida de la comunidad y su papel activo en el trabajo en tierra colaborando infatigables en el difícil y arriesgado arte de la pesca.
Recuerdo a estas mujeres rodeadas de niños y niñas, unos caminando y otros al cuadril saliendo a botar y despedir los barcos cuando se hacen a la mar; también sus intranquilos paseos cuando estos tardaban más de lo previsto o muy angustiadas cuando el mal tiempo dificulta su entrada a la playa haciendo peligrar la maniobra de ganar la orilla a la altura de la peña en la conocida “boca de la Caleta”, antes zona de fuertes corrientes, hoy desviadas por la construcción del muelle y el espigón. No he olvidado aquellas imágenes de los barcos lanzados sobre el bajo por la fuerza del oleaje que les obligaba a adentrarse de nuevo en el mar esperando engañarlo y en uno de sus descuidos deslizándose veloces por su superficie devolverlos a tierra. Sus miradas azules y saladas de tanto fijar sus ojos en el mar hablan de sus alegrías y de su desasosegada espera y nos conciencian cada día del respeto que el mar requiere y los temores que éste produce.
También me viene a la memoria su ir y venir a la playa para participar varando los barcos: ayudando a subirlos a la arena tirando de ellos con fuerza y ayudándose de parales debidamente untados con el cebo que les facilitan su desplazamiento. Posteriormente, con la cesta en la cabeza o en la cadera, las veo recoger el pescado cuando la faena se ha dado bien, lo que no siempre sucede. ¿Quien no recuerda la historia de “el viejo y el mar” narrada con tanta maestría por E de Heminwey? y su infinita paciencia en alta mar ansioso de pescar. Su vuelta a casa durante tantos días y largas jornadas con las cestas vacías sin perder la esperanza de llegar a la playa con un gran pez.
Estas mujeres acostumbradas al cuidado tratan con gran mimo el pescado, cubriéndolo con un fardo mojado para que se mantenga fresco , sobre todo en los días de mucho calor : con las cestas en la cabeza se disponen a clasificarlo dejando para la casa algunas de las piezas como una parte del alimento familiar. Es un trabajo que se repite cada día que los barcos salen a la mar. El artista Cesar Manrique plasma en sus lienzos esta imagen de gran fuerza y colorido que también deja huella en este afortunado veraneante arraigado y nutrido en la Caleta a cuyas personas dedicó parte de su importante obra pictórica.
También les recuerdo vendiendo el pescado y tratando con el comprante pesando y calculando al mismo tiempo con gran agilidad las cuentas. Imponiéndose con firmeza con ese carácter de una pieza que las identifica ante la incomprensión de quienes no consideran la dureza y el riesgo que supone salir a la mar cuando el tiempo lo permite, jugándose la vida y volviendo a casa, en muchas ocasiones, con las manos vacías, después de duras jornadas nocturnas o diurnas. Con frecuencia refunfuñan intentando llevarse los mejores frutos del mar: “ese pescado no lo quiero, no me gusta”, “por qué a fulanita le diste mejor tajada”, el pescado es muy caro… son parte de los diálogos que acompañan la venta del pescado. Hoy el mercadeo en el bajo donde aprendí a conocer y diferenciar el pescado es ya práctica de otro tiempo y toda una lección de vida. También vendían el pescado haciendo ruta, subiendo el risco cargadas o haciendo kilómetros caminando y en burro hasta la Villa.
El tiempo de estas mujeres es circular como el de la fiesta, sus trabajos no comienzan y terminan a una hora concreta como sucede en otros oficios sino que es un trabajar continuo que va de la atención y el cuidado de la familia a las distintas tareas que hacen para vivir: mariscar agachadas en el bajo, cogiendo lapas; yendo a Arrecife a coger carnada para la pesca; saltando por los riscos raspando sal para la conserva en salazón del pescado; escamando, jareando, tendiendo y recogiendo el pescado; cuando los barcos eran de vela, reparándolas; en ocasiones ayudando a calar, pulpiar y, en algunas ocasiones, yendo al calamar.
Desde pequeñas habituadas a trabajar por cuenta propia y por cuenta ajena cuando realizan en Arrecife el trabajo en las fábricas de conserva de la sardina y salazón de corvinas metidas en remojo en los tanques de agua para lavar el pescado. Nombres como Lamberti, Lloret, Garavilla forman también parte de su historia.
Este trabajo no las libera de las atenciones y cuidados familiares: cuidar y atender a los hijos, cocinar, fregar la losa en los charcos, ir a lavar al pozo, otro de los espacios de relación entre mujeres quienes conversan mientras enjabonan y frotan la ropa, traer agua con los barriles en la cabeza conforman todo un universo femenino que contribuye a mi imaginario personal y al imaginario colectivo de la intensa vida en los veranos de la Caleta.
El peso que estas mujeres de rostro conocido y nombre propio han tenido en la vida de la Caleta ha sido imprescindible para el mantenimiento vital de la Comunidad. Todo un patrimonio cultural e histórico.
De todas ellas y de la Comunidad en general he aprendido el lenguaje del mar y todos aquellos saberes que año tras año sin ruido y con constancia han ido depositando en mi memoria y con los que he podido hilvanar estos recuerdos. La Caleta es el risco, el mar, el jable pero, sobre todo es ese otro paisaje y esas otras geografías que han construido estas mujeres junto a sus maridos e hijos en su infatigable quehacer cotidiano al que hoy aún, aunque de forma diferente, se entregan. A cada una de ellas y a todas, muchas gracias.
Por último agradecerles también a todas y todos los presentes la atención y escucha prestada e invitarles a pasar unas agradables y tranquilas fiestas.
La Caleta a 21 de marzo de 2011

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