Pregón de Teguise 2012

Pregón de las Fiestas del Carmen
Teguise 2012

Por  ALFREDO CABRERA DELGADO

Buenas tardes.Alfredo Cabrera
En una mañana del mes de abril, entró en mi teléfono una llamada del joven concejal de Festejos, Daniel Morales García. Oye Alfredo, ¿Qué tal?, ¿Cómo estás?…. para detrás y para delante. Yo intuía que me quería decir algo, y hasta me sentí con ganas de que lo hiciera. No en vano, yo me alegro cuando me llama un representante institucional de mi municipio. Todavía uno se cree capaz de asesorar en depende de qué cosa, sin darse cuenta, tal vez, que el empeño y la voluntariedad más actualizada la atesora la juventud. La experiencia no siempre es válida, aunque a uno le parezca ser siempre joven, a pesar de los versos de Rubén Darío:

Juventud, divino tesoro
te vas para no volver,
cuando quiero llorar no lloro,
y a veces lloro sin querer.

Llamaba para hacerte saber que estás propuesto para ser pregonero de las fiestas del Carmen de La Villa. Aquí pondría yo puntos suspensivos, por cómo me dejó el cuerpo, y por la respuesta que él imaginaría. Dani, espérame unos días, me has dejado parado. Tardé dos días en decírselo a la primera persona, que fue a mi mujer. Yo, me lo había dicho a todas horas, incluidas las del sueño. Se me había aparecido Juan Antonio Martín Cabrera, doña Carmen Valenciano, El Nobel Camilo José Cela… en fin…
¿Qué es lo que hace que yo cuente para esto?, me preguntaba. Siempre se había contado con gente ilustre, de amplio curriculum, de méritos públicos y contrastados o con gente a la que había necesidad de homenajear para retirarles de la circulación. ¡Caramba!, si no cumplo con lo primero, ¡que no cumplo1, Dios quiera que fuera por un error y no por lo segundo, porque retirarme no pienso, a no ser que me llegue la mala.
Mi mujer me dijo que, a cuento de qué, si yo era de Teseguite. No lo consideré problema ya que al fin y al cabo, nos separa el Castillo. Aunque yo, después de grande, siempre he dicho que nací allí, pero que vivía en La Villa y dormía en el Puerto.
Lo consulté a mucha gente y nadie me animaba definitivamente, pero a nadie asustaba. Mi mujer terminó diciéndome: ¿Y por qué no?. Un día, ya a mediados de mayo, se lo comenté a un amigo de siempre, y me contestó sorpresivamente y con rotundidad. ¿Quién mejor que tú?. Hombre, date cuenta, que allí se ha sentado don Camilo. ¿Y qué? ¿Él ha ganado el concurso de coplas Guanapay? En ese momento comencé a esperar ansioso la próxima llamada de Dani, para decirle que sí. Se me acabaron las
dudas y aquí estoy para pregonar.
Aún a sabiendas de que los antiguos pregoneros venían a ser los alcagüetes del mandatario, del alcalde en este caso, y personaje de voz clara y singular, yo no voy a cumplir con esos preceptos, porque mi voz es de lo más común, mas bien no tan agradable, y voy a decir lo que me da la gana. Mi relación con La Villa comienza en la pila bautismal, y me cuenta mi madre que cuando el cura, Don José Fajardo, me echó el agua bendita, arranqué a llorar. ¡Buen pecho tiene el niño!.
Más tarde, tendría yo dos o tres añitos, tengo una foto en la que estoy en la plaza, al lado de la fuente, con un timple en la mano. Premonición, seguramente. De chico, solamente tengo tres fotos, la que acabo de comentar, la del mapa de España, en el colegio, que tiene todo Dios, y la de la primera comunión, peinado con brillantina y hecha en Arrecife, en Estudios Gabriel. Parecía yo un general, pero con libro y rosario. Se entiende, que en aquellos tiempos era más rentable, en Teseguite, tener un plantón y una tanganilla que una cámara fotográfica. Después de grande han salido fotos mías hasta en el periódico, y sin hacer méritos.
Yo, que había comenzado en la Escuela Unitaria de Teseguite a los cinco años, por haber nacido en febrero, y compartido aula con chicos y chicas hasta de catorce. A los nueve años me envían a la Escuela de la Villa a iniciar la famosa Educación General Básica, puro experimento del antiguo régimen. Se comenzaba a estudiar por fichas. Mi madre me compró unas alpargatas de tela blanca para estrenarlas en la escuela y un jersey de cuello de cisne, sería para que no me entrara catarro. Yo creo que mi madre seguramente pensaría que me iba para la Universidad, no en vano éramos los primeros que salíamos a estudiar fuera. Aquí nos encontramos con los chicos y chicas de La Caleta, Los Valles, Nazaret y El Mojón. Los maestros que habían eran don Antonio Carrión, el maestro – alcalde, don Juan González, don Agustín, doña Mercedes, don Rafael Feo, doña Ana María, y doña Carmen Valenciano.
Recuerdo el primer día, antes del recreo, ya estaban los chicos preparando el partido de fútbol. Gilberto Hernández González, que se sentaba un asiento por delante de mí, pero en otra fila, me pregunta, ¿Tú juegas al fútbol? Yo, sí. Y me vuelve a preguntar: ¿Con esas alpargatas?. Claro, como un jarro de agua fría me cayó. Los chicos de La Villa, casi todos, tenían botas de fútbol porque jugaban en tres equipos, que según cuentan, habían en el pueblo, El Santo Domingo, que era el barrio de Abajo, La Vera Cruz, que era el barrio de Arriba, y los Molinos, pero aparte de eso ya los llevaba el cura a jugar a San Bartolomé y otros pueblos, que yo recuerde, de las conversaciones de ellos. Pero aquel día, mi primer día, marqué un gol con las alpargatas de tela.
Un recuerdo especial tengo de la señora Lola, la cocinera y la sanadora. Alguna vez me trajo mi madre a su casa, en Chimía, para curarme de la barriga. Pero lo que más me gustaba eran las papas fritas con huevo y las rodajas de jamonilla pasadas por la sartén, y un potaje de lentejas que era diferente al de mi madre. Llevaba rodajitas de chorizo y trocitos de fiambre. Y de postre, a veces había natillas o flanes. Un almuerzo que quedaba uno despachado. Hasta hace poco tiempo, los chicos llevaban a la escuela galletas, donuts y esas bollerías industriales que los ponen como bidones.
Allí, aquí al lado, fue cuando yo puse en duda una palabra por primera vez. Los profesores nos llamaban “los del campo” y claro, para mí el campo, era plantar, arrancar, trillar y todas esas labores que llevaban a que hubiera comida en la despensa, y yo entendía que la gente de La Villa comía también varias veces al día. Además, en Las Cruces, donde mi abuela tenía los enarenados, coincidía casi siempre con Juanito Villalba, también en tareas agrícolas, y que estaba conmigo en la escuela y no le llamaban del campo. No pocas vueltas le di a “ser del campo”. Luego veía pasar el ganado del padre de Tatago, y el del abuelo de Ignacio y Segundo Duque. Y compartía muchas veces pastoreo con el Señor Félix Ramón, que a mí me parecía un filósofo, porque siempre daba explicaciones y concejos, de una forma pausada, como a nadie había escuchado. Entonces yo pensaba: en la Villa también desayunan con leche de cabra y tienen queso para el conduto. Aquella manera de distinguirnos me sembraba muchas dudas. Más tarde nos llamaron “los de transporte”. Ahí si hubo un acierto, porque éramos los únicos que veníamos y nos íbamos en guagua.
Era una niñez extraordinaria, conocíamos chicos y chicas de otros pueblos, jugábamos a la bola todos los días de 8 a 8’30, que era la hora a la que pasaba la guagua por Teseguite. La parada estaba frente a mi casa, que era donde teníamos la cancha de bolas. Cada uno tenía asignadas sus tres bolas de piedra, casi como ocurre hoy con la petanca, llegábamos a La Villa y jugábamos al fútbol un cuarto de hora, frente al Ayuntamiento. Cuando pasaba un coche parábamos el juego y nadie se podía mover del sitio que ocupaba en ese momento. Recuerdo cuando pasaba Paco Hernández, con su moto Ginson, desde Nazaret, para trabajar en la carpintería de Manolo Fontes. Y recuerdo cuando José María Betancort, el de Los Valles, jugando con unas sandalias de tiras de cuero, le dio una patada a la pelota, tan fuerte, que rompió una cristalera del Convento Santo Domingo, que estaba tan alta que nadie llegaba.
En la guagua de vuelta a Teseguite, ya nos poníamos de acuerdo los chicos, que habíamos 10 o 15 de la misma vitola, para coincidir en el lugar donde íbamos a pastorear esa tarde. En todas las casas habían cabras, cochinos, gallinas, palomas.
La carne no estaba en el congelador,estaba en el corral. Llevábamos las cabras y a veces llevábamos los libros, pero lo que nunca fallaba era la pelota. También jugábamos a la baraja, a la bola y luchábamos. Era raro no llegar a casa con los pantalones rotos. También apareció en un tiempo el ajedrez de Melo. Le habían regalado un juego de viaje y aprendimos todos a mover las fichas. Pero era un juego muy intelectual, de escaso movimiento. Muchas veces las cabras se iban a lo sembrado, que nosotros llamábamos “irse al daño” y no nos enterábamos sino cuando ellas se hartaban de lo que estaba plantado. ¡No sé cómo nos perdonaban!.
Algunas veces veníamos a jugar al fútbol contra los chicos de La Villa, los domingos. Y ellos también iban a Teseguite. Nunca pudimos ganarles. Ni tan siquiera empatar. Y otras veces veníamos a luchar. Ahí sí que no podían con nosotros. Para ganarnos tenían que poner algún hombre. Claro, nosotros entrenábamos tardes enteras y lo de ellos era el fútbol. Bueno, el fútbol y los gallos. Era increíble lo que sabían de gallos. Además, tenían autorización de los maestros, y supongo que de los padres, para irse a La Gallera después del recreo, y no regresar. Creo que iban a ayudarle al gallero.
También recuerdo la tertulia de los lunes en torno a la jornada de fútbol del domingo, que provocaba Don Juan González, seguidor acérrimo de su Unión Deportiva Las Palmas. Yo, que era del Real Madrid me limitaba a escuchar, primero porque en Teseguite no había luz eléctrica, y mucho menos televisión, y solo me enteraba por la radio. No existía Estudio Estadio. Y segundo, porque los maestros de la época no son como los de ahora, que cualquier “monifato” les pierde el respeto. Con los maestros no se discutía.
Nosotros, en Teseguite, nos íbamos a jugar al fútbol los domingos a las cuatro de la tarde y hacíamos dos equipos.
Capitán de uno y capitán de dos, y el partido no terminaba hasta que la oscuridad de la noche no dejara ver la pelota.
El que abandonaba perdía. El campo de fútbol lo preparábamos nosotros, lo ripiábamos, enterrábamos dos pitones de pitera para hacer los postes. Las líneas exteriores estaban más o menos claras, porque eran del ripio que sacábamos de la cancha, y la de los interiores las hacíamos con el zapato. Un día me traje un pitón gordo que encontré
en casa de Don José Domingo Betancort, casa que ya no existe, encima de la pared del camino. Tan contento yo, para un poste de La Rosa, que era como llamábamos
nuestro campo de fútbol, el topónimo de la zona. Mi abuela, Nieves Pérez me pregunta. ¿De dónde trajiste eso? Me lo encontré en casa de don José Domingo. ¡Ponga eso ahora
mismo donde estaba!. Qué vergüenza, yo con el pitón al cogote a ponerlo en su sitio y a la hora de la comida.
Extraordinaria lección, entendí años después. Don José María era un señor que vivía en Guatiza y que fue, según observación de mi padre, el mejor alcalde que ha tenido La
Villa. Esto me lo decía a mí, que algún día me tocó ser alcalde, así que ni el amor paterno le hacía dudar. Su contundencia estaba basada en fue el susodicho quién repartió entre los teguiseños las parcelas del monte, o del jable. Hasta los más pobres tenían de donde comer. Hoy se reparten impuestos, unidades de actuación, multas de tráfico, IVIs, y parece, que no es lo mismo.
Yo venía todos los años a La Villa, por San Blas, a recoger los panecitos que repartía el cura, y que mi madre forraba uno en tela y me lo colgaba al cuello, para que no me hicieran mal de ojo. Me contaban los chicos de la escuela, que casi todos eran monaguillos, que se ponían morados de panecitos.
Un día, no me acuerdo si era por Semana Santa o Corpus Cristhi, también vine a la procesión que se hacía y me dieron un farol con una vela encendida dentro. La procesión era de noche y el esperma que se derretía de la vela me estaba quemando un poco, depende de por donde cogía el farol. Pero no importaba, fue la primera vez que yo me sentía parte de una ceremonia, es decir, artista, como los monaguillos que estaban conmigo en la escuela.
También recuerdo que venía a moler el grano al molino de Jordán. Tengo en la memoria el olorcito a gofio, a molienda. Yo era pequeño para venir solo. Venía con mi abuela, en una burra grande y blanca que tenía. De paso, mi abuela aprovechaba para visitar a sus hermanos, Rafael, Pedro, Lola y Alberto Pérez. Era una excursión aderezada con galletas y golosinas. En ese entonces yo era Alfredito. ¡Qué felicidad!
Mi abuela tenía otros tres hermanos que habían emigrado a Cuba. A cada instante llegaba el cartero con cartas del otro lado del Atlántico, que me tocaban leer a mí, en alto. Eso me hizo mantener un nexo cariñoso con Cuba, tierra que tuve la oportunidad de visitar y conocer a algunos de los descendientes de los que enviaban las cartas. Y visité Miami gracias al Maestro Domingo Abreut, que se negaba a ir a Honduras a ver madera para restaurar molinos si no le acompañaba yo. Allí también conocí a Gladys Pérez, una prima hermana de mi madre, que se había exiliado en Estados Unidos desde Cuba, y que mi abuela tenía en una foto colgada en la sala, siendo muy jovencita y guapa. También me viene a la cabeza cuando le traía los zapatos a arreglar a la zapatería de Marcos de León. Sentía cierta admiración porque me habían contado que era futbolista y que salía en las estampas de los paquetes de tabaco, tal como tenía a Amancio, Pirri, Tonono, Gallego. Jugadores de la selección española.
En las fiestas del Carmen del año 1974 se convoca un premio de dibujo y pintura. Trajeron el cartel a la escuela y me presenté. Como no se podía ser autor de más de un dibujo, puse uno a nombre de mi pariente Agustín Parrilla y otro a nombre mío. Uno era el Puente de las Bolas y otro el Castillo de San Gabriel. El jurado premió con el primer premio a Agustín Parrilla y con el segundo a mí. Me dieron de premios un libro de animales de la selva y otro con los payasos de la tele, Gaby, Fofo, Miliki y Fofito. Hasta no hace mucho estaban los libros, ya desgastados, en casa de mi madre.
Más tarde, ya con catorce o quince años veníamos los domingos al cine de la Villa. Al edificio que está pegado a la carpintería de Herrera. ¡Qué grande era! Se ponía una película cada semana. Recuerdo a Pancho Morales que era el que ponía la película y el que vendía las golosinas. Empezábamos a tener roce con las chicas de aquí. El roce era sentarse al lado, y a lo mejor tocarse un dedito de la mano, pero era ilusionante. Claro cuando se terminaba un carrete y había que poner el siguiente, se podía escuchar el ruido de las butacas de madera, todo el mundo alejándose para no ser descubierto. ¡Qué tiempos! íbamos y veníamos caminando a Teseguite, salvo que en la recolecta de última hora sobrara para el taxi. En ese caso, siempre estaban Fefe Machín, Antonio Duque o Andrés Cejas. Debían, creo yo, ponerse de acuerdo para esperarnos. Nos cobraban por cabeza, y no por trayecto. A veces íbamos hasta ocho en el coche. Claro está, que entonces los celadores no multaban. Recuerdo que había tres, Alejando Rivero, Francisco Godoy, el padre de Elsa, mi compañera de clase y Andrés, al que apodaban “El Faro”, por su espigada figura. Andaban a pie, hasta que el Ayuntamiento compró la primera moto, con la que Andrés manifestaba no estar muy contento, porque decía que llevaba el tanque de gasolina debajo de su culo. ¡Qué ocurrencias!
Ya con quince años, la Agrupación Guanapay se quedó sin bailadores y tocadores. No es que no hubiera, sino que habían pocos. Entonces a Marcial Cabrera se le ocurre ir a pescar a Teseguite. Ya estaban tocando en Guanapay, mi tío Leandro, Casiano Robayna, Manolo Méndez, Antonio Perdomo, Juan Cabrera y mi padrino Fernando Cabrera. Yo presumía de tener un padrino tocador y cantador. Dice mi padre, que el padre de éste, el señor Manuel Cabrera, de los Cabreras de aquí de la Villa, ha sido el mejor cantador de rancho que ha habido en La Villa.
Por cierto tengo una anécdota de mi padrino cuando trabajaba de maestro albañil en el ayuntamiento. Estaban intentando impermeabilizar el techo del Castillo, él y Pepe Déniz, y colocaron un depósito azul delante del Castillo, que se veía desde Soo. A todo esto, el Ayuntamiento no había solicitado los permisos, y yo, soliviantado subí al Castillo y le dije: Padrino, quien puso esa cuba ahí delante, que viene Patrimonio y nos para la impermeabilización. No me contestó, pero al ratito, paró de trabajar, levanta la cabeza y me dice: Alfredo, ¿Quién dices tú que es ese matrimonio revoltoso que viene a pararnos la obra? Cuántas vueltas le daría a la cabeza en poco rato. Continuando con lo de Marcial Cabrera y su búsqueda de aprendices a bailadores, decir que después de Reyes, en Enero, comenzamos en el Teatro a aprender, por lo menos 18 muchachos y muchachas de Teseguite y El Mojón. De La villa ya estaban algunos y algunas que sabían, caso de Nieves, Petra y Elisa Hernández, Manolo Rodríguez, Toño Hernández, Manolo Pérez y algunos más que se me escapan. Luego vendrían más que ya sabían, pero nosotros bailamos en público a los seis meses en las Fiestas del Carmen, creo que del año 77. ¡Tremendo equipo!, que luego se convirtieron en tocadores y cantadores, y amantes del folclore. Allí estábamos Sergio Cabrera, Antonio Ma Perdomo, Adrián Cabrera, Agustín Delgado, Manolo Pérez, Juan Feo Betancort, Melo Cabrera, Femando Cabrera, Terio Cabrera, y alguno más que ahora no recuerdo. Entre las chicas estaban Cali Betancort, Casilda Méndez, Dolorsi Betancort, Teresita Perdomo, Emilia Morales, Luz Marina y Mari Cabrera…
Recuerdo que mi primera letra para musicar fue para un sorondongo de Guanapay, exaltando las singularidades de La Villa, que creo que lo grabó Gregorio Betancort, años después. Luego también hice otra letra para la Isa del Uno, que me parece que está grabada en la del año 87, no estoy seguro, pero es un Canto a la Villa, título, que luego elegiríamos para un tema de Acatife. La letra para Guanapay dice:

Tus cenizas son historia
de Canarias, la primera.
Ilustres nombres de gloria
en tu memoria se encierran.
A ti noble Villa y a tus caserones,
con bellos blasones de encanto sin par.
En silencio brillas, linda maravilla,
con tus callejones bajo el Guanapay.
A ti, a ti, te quiero cantar.
A ti, a ti, por ser noble y señorial.
A ti, a ti yo te cantaré.
A ti, a ti, nunca olvidaré.

En esas fechas, 1977, comienzo a trabajar en Turismo, en Costa Teguise, con bastantes muchachos también de este municipio. Don Agustín, el cura, tenía un primo en el Hotel Salinas que también se llamaba Agustín y era el jefe de personal y le buscó trabajo a muchos jóvenes, casi, lo que tendría que hacer hoy en día, Rajoy.
Trabajaba, estaba en la rondalla, luchaba en los juveniles del Teguise, estudiaba de noche en el instituto y jugaba al fútbol en el Tahiche juvenil. Increíble. Aprendiz de todo, maestro de nada.
En la temporada 78-79 me quedé campeón de Lanzarote con el Tahiche juvenil,y me vino a fichar el Teguise regional. ¡Qué honor! Allí me volví a encontrar con los chicos de la escuela: Colás Ventura, Andrés Duque, Luis Miguel López, José Luis Hernández, Femito Villalba, junto con otros consagrados que yo estaba viéndoles jugar desde chico. José el guardia, Lito el portero, Vicente el pibe, Villalba, la Perica, también tuve la oportunidad de quedarme campeón con el Teguise. En el año 83 dejé el fútbol, de entrenar todas las semanas. Más tarde, y para seguir haciendo municipio jugué dos años con el Guatiza de veteranos, notable experiencia también.
En las fiestas de San Antonio, del año 1983, en un sábado de baile en Los Valles, coincido con Ito Hernández y Colás Ventura. Con Colás había coincidido en el equipo de fútbol y con Ito en el Hotel Salinas, que había trabajado unos días, y en los bailes, cuando él tocaba con Centellas y Guatativoa. No sé cómo salió la conversación, pero hablamos de reunimos los muchachos de la Villa y Teseguite para formar un grupo musical. Ellos ya habían hablado. Lo tenían más o menos claro. Para las Navidades de ese año ya se había preparado la misa del Gallo para interpretarla, la célebre noche del nacimiento de Acatife. Eran 19 atrevidos muchachos de Teseguite y de La Villa, entre los que yo no estaba, porque trabajaba esa noche.
Ese primer encuentro fue decisivo. A partir de ahí comenzamos a vernos en los locales de ensayo, una hora antes del comienzo. Comenzaron a llegar gente nueva de los pueblos del municipio…., de San Bartolomé, alguno de Arrecife. En fin, una ilusión jamás experimentada por mí. No había nada, ni nadie, que se interpusiera en el cumplimiento con Acatife.
Comenzamos a aportar ideas, lo primero el nombre del grupo, sin discusión: Grupo Acatife. Luego las canciones. De ellas voy a hacer un repaso de casi todas. Muchas se han quedado en el camino y otras están en documentos sonoros, que son de las que voy a hablar.
“Canto a la tierra” Primera canción, que aún seguimos llevando con nosotros a los escenarios. Una exaltación a los trabajos de la sementera y a los amores nuevos en los ambientes rurales.
“Cruz del Mar” auténtica crónica de una tragedia que había conmovido a la isla siete años antes, y que no podíamos dejar de denunciar. Para ello nos pusimos en la piel del niño de quince años que quería ser marinero. En el parque Islas Canarias de Arrecife, al público se le trancó la respiración y nosotros no hemos podido saber quienes cometieron la tropelía.
“María Cruz”, donde fundimos una malagueña con una folía para relatar el suceso que ocurrió en Teseguite en 1919. Recuerdo que como acusábamos a quien la justicia no había acusado, estábamos asustados con la Guardia Civil y para curarnos en salud le agregamos la estrofa inicial en la que Herrera recita: Esta historia yo les cuento, verdad fue y así pasó. Está escrito en muchos libros y a nadie quiero ofender yo. Versos horrorosos, pero en los que manifestábamos nuestra inocencia.
” La trilla del campesino” en la que arreglamos la música de la Saranda Campesina y le incluimos muchos vocablos de la jerga utilizada en la era. Desde que se hace el “carcaero”, hasta que se pasa la cebada por la media.
Novedosa fue la Mazurca creada por el grupo. El primer tema instrumental que hacía un grupo de Lanzarote.
“Malagueñas a la madre” Primera vez que en Lanzarote se le pone un apellido a un género tradicional. Letras sentidas en las que se dice entre otras cosas: No hay sufrimiento en el mundo que ver la madre morir., o, El que en este mundo, a una madre olvida, como un vagabundo termina su vida.
“Folias a las ocho islas” con unas letras de Paco Tarajano, ferviente defensor de Canarias, de los canarios y de lo canario. El poeta de las medianías de Gran Canaria, que tuve el honor de conocer como miembro del jurado del concurso de poesía Esperanza Spínola.
“Seguidillas de la Villa” con letras del coplista salinero Víctor Fernández Gopar, que Colás, Antonio María y Sergio interpretan de modo magistral.
“Polca del Templo” Una composición en la que recuerdo que tomó parte Rafael Cejas y otros, y que fue nuestro primer tema montado con ciertos rasgos de humor.
La “Isa del uno” que aún hoy interpretamos y que está en la mente de muchos cantadores actuales: Ay cariño ya no tengo ningún tiempo para amarte, busco en el campo el sustento, “pa” que el gofio no te falta. Cariño y gofio en la cacharra es lo que necesita la mujer, dice el cantar.
Más tarde llegaría el segundo disco con un sugerente título genérico, “Peñas del Chache”, una canción y una letra cargada de intenciones en la que el coro se dirige al territorio físico, cantándole a modo de remate: “Escupe los sinsabores que llevas dentro. Esos nudos de vergüenza si no son tuyos, que cargen ellos”
“Isa de la prenda amada” Una aportación tradicional de Benito Cabrera.
Aparece “Entre el mar y la tierra” donde, a modo de plegaria, se dirige el hombre de tierra adentro al barquero, para decirle “Marinero, quiero aprender a bogar con tus remos, para ir donde tú vas.
La jocosa “Polca del postigo” en clara alusión a esos postigos de la Villa, que abren de diferente modo a los demás. De abajo hacia arriba para observar sin ser observado.
Seguidillas del Señor Tomás Rojas, de Soo, que cuentan que las cantó en la Sociedad Imparcial de Guatiza y armó follón y tuvo que salir con el burro a galope. “Estas cuatro que bailan, no son bonitas, pero son muy graciosas, las pobrecitas” Tuve la oportunidad de grabar mi voz junto a los extraordinarios y amigos, Sergio Cabrera y Antonio María Perdomo.
Aparecen folias de sentimiento patrio “Se me emborronan los ojos viendo sufrir a mi tierra, no puedo aguantar la guerra, si llora, yo también lloro”. Para rematar con un estribillo que nos aportó la gran María Mérida: “Al subir al cielo, junto a mis canarios, isas y folias seguirán sonando”.
Nos llega el juego tradicional de la bola con un sorondongo, siendo este, el único tema musical, relativo a esta práctica tan nuestra, que conozcamos en Canarias.
Rebuscamos en el Romancero de Lanzarote y nos encontramos el “Romance de la molinera celosa”, recogido en San Bartolomé por Jesús Ma Godoy, y en cuya grabación, ya en el estudio, en Tenerife, se nos quedó sin voz, Josemi de León, que era uno de los solistas y ya empezaba a tener voz de hombre.
“Qué bonito es el amor” es el título de una preciosa canción de amor rescatada por Roberto Fuentes en la zona del Charco de San Ginés.
“Cantos de Lanzarote” llega con una foto de portada hecha en la zona del monumento al campesino, donde se observa un camello tuchido y ensillado cargado de instrumentos musicales. Preciosa foto.
Sebastián Sosa Barroso había hecho un poemario que se titulaba Poemas de La Villa, en la que hacía una exaltación al territorio municipal de Teguise. Fue la conjunción de diversos fragmentos de diferentes poemas lo que nos resultó el “Canto a La Villa” o como lo conocen quienes nos escuchan: La Villa siempre es la Villa.
En parrandas ocasionales, de gente mayor, en Teseguite, siempre se terminaba versionando el son cubano “Oh Mamá Inés” que se parecía a cualquier cosa, menos a un son, que se canarizó titulándolo “El Mamainé”, entre cuyas letras aparecía siempre un escarabajo en diversas tareas. Con unos arreglos particulares apareció nuestro “El escarabajo”, que tanto encantara en los escenarios.
Nos vamos luego a otro romance en “La flor de la Marañuela” el Romance de la casada, en jaleos con el sacristán que tan afortunadamente interpretara Pedro César Pérez.
Precioso vals, el que se recuperó, al que pusimos por título “Ronda de amor” de preciosos versos, tales como “Es tu perfume un jardín, es tu boquita un clavel. Son tus labios un pecado más sabroso que la miel”.
Manolo Haro Manzano es un coplista cordobés que se enraizó en Tenerife y se ha vuelto un canario de los buenos. Nos hizo la isa de las siete rosas, que versa: “Abre la puerta al canario y que trine por el campo, que en esa jaula que está, su canto parece llanto”.
Lanzarote llegó a ser de las flotas pesqueras más importantes de España. De ella vivían en la isla un número importante de familias. Ya nos habían dado muy duro cuando abandonaron el Sahara a su suerte. Por ese motivo el banco cambió de dueño. Más tarde, nadie nos supo defender en Europa, y actualmente está fuera de vigencia y sin ánimos de ser renovado el acuerdo con Marruecos, afecta a unos poquitos barcos. Los que quedan. Aparece la crónica de “Ese mar nuestro” Y las redes de los barcos sobre el muelle, se entristecen y se pasan con el sol. Los marineros de la esperanza se encomiendan con sus ruegos hacia Dios.
“El gallo de Caridad” era un viejo retinto que no valía para galladura y Caridad era la suegra del resacado. Al final, se hace el caldo con el gallo, que era la pretensión. Precioso vals rápido y de tono sarcástico.
Llega Oliver Martín a la escena de las interpretaciones, cantando a modo de relato explícito lo que son las “folías del alma”: La folía puede ser el llanto del que las siente o el canto de mi gente, que de modo permanente en mi tierra se han cantado. Y no puede ser tomado como un canto indiferente. Con los pelos erizados, al que le pasa no miente. Santas palabras.
Le cantamos también a la turista que iba rompiendo corazones y dejando enamorados en el camino. La titulamos “Viajera” y nunca hemos podido saber de dónde viene la canción, pero se la cantaba un marinero a su enamorada en el Arrecife de mediados del pasado siglo.
En Tao recogimos un precioso vals que arreglamos. El “Ven y Ven”.
Ya habíamos grabado un cassete de canciones de la Navidad con villancicos versionados y otros, la mayoría, creados por Acatife. Tuvimos un ofrecimiento de grabar con contenido benéfico un CD con esas y otras canciones de Navidad, conjuntamente con coros escolares de todos los municipios de la isla. ¡Qué gustazo y que difícil! De los proyectos más trabajosos en los que ha estado inmerso Acatife, pero de los más gratificantes. Cientos de niños y niñas que hoy son hombres y mujeres cantan con nosotros en “Navidad en un lugar del Atlántico”. Allí aparece por primera vez el “Cuanto te admiro Charco” de Doña Carmen Siverio.
De la entraña de la tierra brotó la lengua del diablo, acosando como fiera al gentío asustado. Llega “El Diablo de Timanfaya” Una crónica novelada que nos recuerda las peripecias que hubo de sufrir un pueblo que cubrió de lava las tierras de donde sacaban la comida. “Cortando las ilusiones de pueblos llenos de vida. Lo que eran granos y flores fueron miseria y ceniza”
El enigmático Risco de Famara es por donde se arrojan voluntariamente los perdidos, cobardes, o qué se yo Yaiza, era una amante y vigilante de este territorio, y no era casualidad que se llamara Yaiza. A Yaiza le parecía que le ofrecían guiños de conquistador. Yaiza se fue loca de amor, por Famara se tiró. Tito González y Juanma Padrón tuvieron una gran inspiración musical.
Isa de sal y salina. Dedicada a la salinera de Janubio. Allí trabajaban las chicas de Femés, Las Breñas y La Hoya a mediados del siglo pasado. Nació en el barco que nos llevaba a tocar a Fuerteventura. “Al amanecer el día como flor de primavera, con rumbo a la mar camina, tu gorrita de soltera. El agua en los cocederos, es trigo en la sementera”
Llegó Roberto Fuentes con su bolero bajo el brazo, “Desdicha” Te suplico que me olvides, ya mi alma no resiste el engaño, la mentira y la traición que nunca quise. ¡Precioso bolero!
Pedro César, con esa voz evocadora de sueños supo plasmar el sacrificio de nuestros antepasados en “Los arados soñadores”, esos que, hurgando en tierras sedientas buscaron la fuente de sus cosechas.
El ” Son de la ida” con una melodía prestada de la “Macusa” de Compay Segundo, invitamos a los que toman esta tierra nuestra como asentamiento particular a que se adapten y respeten, o que tomen la vía de vuelta.
Mándele por el seis, es el arranque de esa isa en la que se dice. Mal tiro peguen a un hombre que hace suya a una mujer, y después cuenta a la gente los secretos del querer.
El extraordinario Orlando Niz le canta a la flor más hermosa que falta en el balcón la “Serenata para María”, terminando con besos a la luna y la flor hace presencia. Se acaban las ausencias.
La nostalgia del que abandona su tierra hace que quien lo haya sufrido vuelva la mirada para recorrer las calles de su niñez. La Serenata Guayanesa lo fotografía en la “Nostalgia Andina” que versionamos, haciendo lo que se pudo.
El emigrante siempre se va para volver, otra cosa es que ocurra. Atrás deja su amor con esa promesa. “Se va mi barco”. A la salida de Porto Nao el enamorado canta: Es mi barquito hecho de palo. Barco valiente y peleador, y los poemas que trae el viento, los va escribiendo con el timón.
Un vals: “A la orillita del mar” del Cancionero Popular de Lanzarote. A veces se vuelve el mar, lugar de despedidas y recibimientos. A la orillita del mar una noche me senté, lo comparé con mis penas y pequeño lo encontré. Se afirma para medir la inmensidad de las penas.
Las malagueñas cantadas desde el vientre de una madre parecen más malagueñas. Aún a sabiendas de la tremenda discusión que provoca el derecho a la vida que pueda tener un feto, y sin posicionarnos, canta Juanma a pelo: Me deseabas la muerte, aún sin haber nacido, que Dios bendiga mi suerte y perdone el desvarío de quien negó conocerme. “Malagueñas a la Vida”
Finalmente aparece el último trabajo de Acatife, presentado hace quince días, “…en Lanzarote”, el cual no voy a relatar por su juventud. Seguramente lo están empezando a oír y no quiero yo hablarles de sus doce temas, sino que son ustedes quienes tienen que oírlo. Destacable es la aparición de nuevas voces como Chicho Fuentes, Moisés Hernández, Néstor Martín, Paco Rosales, Colás García, Sivi Martín, pero no menos importante es el rescate de Roberto Fuentes, Francisco Herrera, Federico Padrón, Sergio Cabrera, Pedro César Pérez y Orlando Niz que vuelven a aparecer.
Es de destacar, que en estos casi treinta años de vida, hayan pasado por el grupo más de ochenta compañeros. Todos y cada uno de ellos están reflejados en su historia. Esa historia nos ha dado posibilidades de impregnar de Canarias, de Lanzarote y de Teguise allí donde hemos estado. Un fragmento de ella, es lo que he contado, pero entenderán que también que hay cosas que no se pueden contar y que solo son ellos los que lo saben. Eso también es nuestro. Ojalá que los más jóvenes puedan continuar escribiendo páginas en esta historia.
Aparte de esto, casi todos ustedes saben, que me dediqué durante veinte años a la política activa. Quizá algunos de ustedes estén esperando que cuente cosas de ese periodo, pero no lo voy a hacer por dos motivos. Primero porque lo que hice fue en el cumplimiento del deber que el pueblo me encomendó, eso sí, acertando y equivocándome. Y segundo porque también hay cosas incontables, aunque no debiera haberlas.
Si les voy a contar tres anécdotas de mi vida, como cargo público, que carecen de interés pero no dejan de ser simpáticas.
En virtud de un acuerdo de hermanamiento, firmado entre este ayuntamiento y Grainville le Tenturiere me envían como representante municipal, recién llegado a la concejalía de Cultura, a Francia, al pueblo del conquistador. Allí tenían un programa de actos para nosotros y ellos, y gente de Betancuria, que también habían viajado. En un momento de los actos me vi portando una corona de flores para depositarla en la tumba del conquistador.
¡Qué homenaje le di!, sin quererlo, a quien empezó a acabar con la raza. Mi patriotismo lo perdí en un abrir y cerrar de ojos. De eso no he visto fotos. No era yo, estaba representando a un municipio.
La otra anécdota es cuando la crisis del 92- 93. El Ayuntamiento no tenía sino deudas. No había un duro y reuní a los clubes del municipio para cederles la carpa municipal, organizar bailes, los sábados y financiarse. A las tres de la mañana, alguien me llamaba a mi casa para reprocharme que yo estuviera durmiendo, mientras en La Villa no se podía dormir. Algunos otros me decían que la gente meaba en la calle, otros que el Tahiche y el Tao hicieran los bailes en sus pueblos. Por más que me mortificaba explicando para que entendieran la situación, la insolidaridad estaba por encima de todo eso.
Y la última anécdota, tiene que ver con el cura. Había llegado recientemente Antonio Juan, y era la fiesta de Teseguite. Me llama Mari Nieves Méndez que estaba en temas organizativos para pedirme que pintáramos la iglesia por fuera, como siempre se había hecho. El cura me visita para llamarme la atención por haber invadido la fachada con pintura y que no lo volviera a hacer. Yo me confesé culpable y le prometí lo solicitado por él. Al tiempo, se graba en La Villa el programa Tenderete de TV Española en Canarias, y el productor me llama apurado para quitar un manchurrón que había en la fachada de la Iglesia de Guadalupe. Ni corto ni perezoso, y sin acordarme del anterior pecado, mando a pintarla. A la media hora, Antonio Juan en mi despacho. Hombre, Alfredo, ¿Cómo estás? Bien. Mira, ¿ A qué hora sales? A las tres. ¿Y si a esa hora cuando llegues a tu casa, vieras a un hombre colgado en tu casa pintándola?. ¿Qué pensarías? Enseguida caí. No me puse de rodillas porque no había espacio. El me perdonó, porque hoy es un amigo.
Hago mención a estas tres anécdotas para dirigirme a los representantes públicos que nos acompañan y hacerles saber, que seguramente ya lo saben, la carga de responsabilidad y compromiso que tiene representar a este municipio, y la importancia de la toma de decisiones, aunque no todos los ciudadanos estén contentos. Es muy importante beneficiar a la mayoría, pero el más grande de los errores es no tomar decisiones.
Con claridad absoluta, estoy muy contento de haber representado a este municipio, incluso en foros que nunca imaginé. Siempre estaré agradecido al considerar que aunque le dediqué mucho esfuerzo, tesón y tiempo, yo le debo más a Teguise, que Teguise a mí.
Les agradezco a todos ustedes que hayan soportado mi letanía, que no es más que un simple anecdotario, que me ha permitido hacer de este rato el más alto honor que he experimentado, junto con el haber sido padre de Laura y Virginia.
Sin más, y con el permiso del señor alcalde, les deseo a todos el mayor de los disfrutes y que arranquen las Fiestas del Carmen de este año 2012.

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