Pregón de Teguise 2002

Pregón de las Fiestas del Carmen
Teguise 2002

Por:  RAFAELA  DELGADO  ABREUT fela

Buenas noches a todas las personas asistentes.

Ilusionada me he puesto en contacto con mis amigos de Teguise en estas fiestas de Nuestra Señora del Carmen.

De forma entrañable siempre nuestra gente se ha caracterizado por expresar sus emociones a través de la oración, el culto, el baile…, elementos todos estos que se encuentran presentes en la celebración de las diferentes fiestas a lo largo de la geografía insular y que han sido tradicionalmente y hasta hace relativamente muy poco, el principal medio de relación y comunicación de la población conejera.

Concretamente las fiestas que más han calado en el sentir de la gente de La Villa han sido:

-La Naval o Rosario, implantada por los dominicos desde su llegada a la isla allá por el año 1729 y que tenían como misión el cuidado de la población enferma, estando por tanto sus súplicas relacionadas con la salud.

-La de Nuestra Señora de Guadalupe, también goza de gran importancia, establecida esta fiesta por los fieles de la citada parroquia, siendo una de sus principales súplicas la de implorar por los cautivos.

Pero quizá las festividad que con más fervor se encuentra arraigada en el sentir de nuestra gente -y de la que hoy voy a hablar- sea la de Nuestra Señora del Carmen.

Según la información con la que se cuenta, Don Sancho de Herrera, señor de Lanzarote, dejó escrito en su testamento que se construyera un monasterio de frailes de San Francisco en Famara. Sin embargo, ninguno de sus herederos directos se ocupó de cumplir esta disposición. Tuvo que ser Don Gonzalo Argote de Molina, yerno del primer Marqués de Lanzarote, Don Agustín de Herrera y Rojas, allá por el año 1585, quien se encargaba de llevar a cabo las últimas voluntades del difunto Don Sancho, no sabemos si por propia iniciativa o si por voluntad de su suegro. Considerando que Famara era un lugar inseguro debido a las frecuentes correrías de piratas que asolaban la isla, dispuso Don Gonzalo que dicho templo se levantara en la Villa de Teguise, ordenando además en una de sus cláusulas que dicho monasterio se llamara “Madre de Dios Miraflores”, aunque con posterioridad se le ha conocido como “Convento de San Francisco”, debido a los monjes franciscanos que en él habilitaban.

El monasterio se mantuvo con su total esplendor hasta el año 1618 en que, debido a una invasión de los piratas argelinos, fue devastado junto con los principales edificios de La Villa. Con posterioridad fue restaurado gracias a las limosnas de los feligreses, abriéndose de nuevo al culto.

Ha quedado constancia de que en 1729 se fundó en la iglesia de este convento la “Cofradía de Nuestra Señora del Carmen” y que en el año 1773 la Real Cofradía adquirió en Génova una bella imagen de Nuestra Señora del Carmen por trescientos reales. Esta talla fue trasladada a la iglesia parroquial, y destruida en el incendio ocurrido en el año 1909.

Nuestra Señora del Carmen ha sido siempre muy querida por nuestra gente, cuenta con muchos devotos, tanto es así que hasta no hace tantos años las mujeres devotas hacían promesas por ellas y por sus familiares vistiendo el hábito de la Virgen o llevando el escapulario por un tiempo determinado.

Al ser la Virgen la patrona de los marineros por los muchos milagros obrados en el mar, relacionados esta festividad con pueblos que limitan con el mismo, rindiéndole éstos homenajes con procesiones marítimas que convocan cada año a un gran número de fieles.

Sin embargo el estar la Villa tierra adentro, no ha impedido que la gente de aquí siga siendo fiel a la celebración de la fiesta en conmemoración a Nuestra Señora que tiene lugar el día 16 de julio porque, según la tradición, en este día la Virgen María se le apareció a San Simón, y le dio el escapulario…, símbolo y signo de las virtudes de María.

Mis recuerdos sobre las fiestas se remontan a mi infancia. Todas las personas, grandes y chicas, esperábamos aquellos días festivos con gran ilusión. Los preparativos comenzaban con semanas de antelación, se respiraban aires de fiesta, se palpaba la alegría, se callejeaba más…Me vienen a la memoria muy buenos recuerdos del ambiente en casa. Con escacez de todo, nuestros mayores, ilusionados, preparaban la casa para recibir a la familia y amistades que nos visitaban. Se alveaba y pintaba la casa y todos los alrededores. Las ventanas se abrían y varios días para que las habitaciones que iban a ser utilizadas por los huéspedes estuviesen aireadas. Se oreaban los colchones y se volvían a llenar con camisa de millo o con paja de trigo. Se llevaban las saleas a la orilla de la marea para lavarlas y ponerlas a punto.

Como preludio de las fiestas se realizaban matanzas, generalmente de cochino o cabra y se dejaba bien en adobo, en manteca o salada, lista para guisarse durante estos días festivos. La matanza daba para hacer unos pocos chorizos y morcillas. No podemos olvidar el amasijo que se hacía en familia o vecinos para tener pan fresco o bizcochado. Aprovechando el horno caliente se hacían mantecados, mimos y bizcochos dulces para con la mistela brindar a las visitas.

El día de la fiesta grande se preparaba un buen puchero con carne de gallina recién matada y otros pocos ingredientes. De esta sabrosa comida se apartaba en otro caldero un poco de liquido que según el gusto se añadían fideos o pan, no faltándole a esta sopa las hojitas de hierba huerto.

El día principal todo el pueblo acudía a la función religiosa estrenando vestido y calzado que generalmente eran de un número más por aquello de sacarles mejor provecho.

Esta función se encargaba de organizarla el párroco, invitando al mayor número de sacerdotes para la concelebración del día grande y solía traer de otra isla a un predicador para presidir la homilía.

La iglesia se vestía de gala y la función era cantada por el coro de la parroquia.

Terminada la función, la Virgen salía en procesión acompañada de los fieles y en ocasiones por una banda recorriendo distintas calles ya engalanadas con banderitas y hojas de palmeras.

Los niños y las niñas iban delante, luego las mujeres y en último lugar iban los hombres, que cargaban la Virgen sobre sus hombros. Durante todo el recorrido se tiraban voladores y repicaban las campanas.

No es bueno añorar ni comparar tiempos pasados, sino disfrutar con lo que poseemos ahora. Debemos gozar de estas fiestas con renovada ilusión y pedir a Nuestra Señora, que seguro nos oirá, por nosotros y por todos los necesitados.

Sean bienvenidos y disfruten de nuestras fiestas.

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