Pregón de Teguise 1993

Pregón de las Fiestas del Carmen
Teguise 1993

Por: DOMINGO HERNÁNDEZ  PEÑA

Ilustres autoridades, señoras, señores, queridos amigos, parientes, vecinos, conciudadanos, compañeros de la vida pasada y presente, estimada gente de mi villa añorada, amables visitantes, distinguidos forasteros, si también los hubiera:

Si un pregón ha de ser un discurso en que se anuncia una festividad, incitando al público a participar en ella, me van a permitir, como pregonero de las Fiestas del Carmen del 93, en esta hermosa Villa de Teguise, que antes pregone la alegría que llevo dentro, por estar aquí, ahora, hoy, con ustedes, Y les pida, por favor, que tengan a bien compartirla conmigo.

Déjenme decirles, para empezar, que casi, había perdido la esperanza de que un reencuentro como este pudiera producirse. Por eso todavía, este instante me parece un sueño. Un sueño tardío, tal vez. Pero sueño, al fin y al cabo. Sueño de felicidad, porque la dicha de volver a verles sigue siendo grande. Inmensa.

Los tiempos que corren no son buenos. Ningún tiempo presente parece bueno. La desesperanza rebrota por todas partes. Por eso, reencontrarse resulta tan estimulante. Por eso, más que nunca, las fiestas hay que celebrarlas por todo lo alto. Como Dios manda. Las fiestas no tienen por qué ser un relajo. Pueden ser, deben ser, al menos en tiempos como estos, un ejercicio de superación, de revitalización, de estímulo, de fortalecimiento

Las Fiestas del Carmen siempre fueron para nosotros, vecinos de La Villa -recuerden bien – una disculpa maravillosa para volver a lo mejor de nosotros mismos y de nuestro pueblo. Volvían los marineros. Volvían los estudiantes. Volvían, aunque fuera de permiso, los que hacían el servicio militar. Volvían los emigrantes, los parientes alejados, los amores marchitos… La vida se recomponía. Surgían esperanzas nuevas. El futuro sonreía, otra vez. Comíamos puchero. Carne. Estrenábamos, a veces, camisa nueva, traje nuevo.

Si eso era antes -y era bueno-, más y mejor podrá ser ahora, cuando todo es más fácil y nuestras posibilidades se han multiplicado. Quiero decir, si aquellas fiestas de nuestra juventud eran lógicas, las de ahora también los son y están más que justificadas.

Sin nuestras fiestas, y muy especialmente sin nuestras fiestas del Carmen, en La Villa no seríamos hoy, sencillamente, lo que somos. Las fiestas han sido siempre nues¬tra principal escuela de convivencia. Gracias a las fiestas hemos cultivado la afición a la música y al teatro. Porque llegaban las fiestas, arreglábamos las casas y las calles, pintábamos las fachadas, engalanábamos las iglesias, recuperábamos las tradiciones. En las fiestas nos enamoramos, nos reconciliamos, nos divertimos, nos olvidamos de la rutina y de la pesadumbre. Porque fiestas hay, todavía, es por lo que volvemos a estar todos juntos y contentos, otra vez, aquí, hoy. Que vivan las fiestas, entonces.

No olvidemos, sin embargo, lo esencial. Lo esencial, tratándose de una fiesta como la del Carmen, es que la misma representa una ocasión reiterada, una vez al año, todos los años, de confraternización. Confraternización, incluso en la distancia. Yo mismo, que tan lejos he vivido durante tanto tiempo, jamás he podido olvidarme, ni de La Villa ni de ustedes, cuando los almanaques del mundo señalaban, dónde fuera, el 16 de julio.

Sin que nadie me haya visto, sin que nadie lo supiera, yo he estado siempre aquí, con el alma, con el recuerdo, con la añoranza, en el día del Carmen. El día del Carmen me trajo siempre a la memoria los escapularios de mi abuela, la misa cantada, mi padre tocando el órgano, la procesión, la banda de música, los voladores, las mantillas, las banderitas y las palmeras, los paseos en la plaza, las piezas de teatro, los bailes prohibidos, el cine improvisado, los amores contenidos…

He sido feliz -oh, contradicción- recordando desde lejos lo que aquí, de cerca, nunca supe ver como la felicidad. Ese error, esa trampa de los sentimientos, me ha costado demasiado. Un día, ya perdido en el fondo de la memoria, cuando decidí que me iba para siempre, mi abuelo Pedro me pidió llorando que no me fuera. Me advirtió que aquí tenía la paz, las tierritas, las cabras… Y no le hice caso. Me fui, llevándome el corazón vacío y dejando al viejo con el amor en la palabra…

Menos mal que el 16 de julio existe en todas partes. Menos mal que le fiesta del Carmen me devolvió siempre, con el pensamiento, una y otra vez, a las personas, a las cosas, a los hechos y a las querencias que aquí se quedaron. De no haber sido así, la vida -mi vida- tal vez no hubiera valido la pena.

Para que quede claro lo que intento decirles, les confesaré un secreto: me fui, sí, en busca de la felicidad. Pero cada vez que llegaba a donde pensaba encontrarla, la felicidad ya se había ido, ya se había mudado. Hasta que descubrí, por casualidad, que de donde único no se iba, de donde único no se mudaba, era de aquí, de La Villa. Sólo La Villa, en todo el ancho mundo, siguió emocionándome. Sólo en La Villa seguí sintiendo que sentir tenía sentido.

Hace sólo unos meses, volví a recorrer La Villa, calle por calle. Y no encontré la casa de mi abuela. Y en el Callejón del Miedo encontré a la venta la casa donde nací. Y en el comedor de mi madre, en la casa de la Plazuela, me encontré un partido político. Y en el caserón de la plaza habían puesto una escuela de enfermeras, o algo parecido…

El mundo se me cayó encima. La tristeza me llegó a lo más hondo. ¿Y por qué? Porque todo eso significaba la ruptura de una felicidad verdadera. No hubiera habido sufrimiento, por mi parte, de no haber habido, antes, aquí mismo, en la misma Villa, mucho amor, mucha felicidad compartida.

La felicidad era, amigos míos, aunque parezca mentira, la escuela de don Paco, de don Leopoldo; las correrías por las calles desiertas; los juegos en La Mareta; los partidos de fútbol; el catecismo; el camión de Rafael Robayna; los molinos de gofio; la primera comunión; la primera novia…

La felicidad era una cosa tan fácil, tan posible, que nos daba miedo que no fuera verdad. Y por eso es por lo que hay que seguir celebrando la Fiesta del Carmen: para que quede claro que algo nos unió y nos une; para seguir cultivando la felicidad común.

Por mucho que la realidad pueda asustarnos, hay que tener siempre presente que pocos pueblos hay tan bellos como el nuestro; que poca gente es mejor que la nuestra; que pocas veces la Patrona del Mar se celebra como aquí, a prudente distancia del litoral marino. No estamos perdidos. Sabemos dónde estamos, aunque, a veces, la fiesta necesite que la animen.

Les digo esto, porque don Luis Ramírez, que en paz descanse, tenía la costumbre de organizar una segunda Fiesta del Carmen, en La Caleta, después de la de La Villa. Era como si a él le preocupara que la Virgen no entendiera que la mantuviesen aquí, en clara tierra firme. Pero estaba equivocado. No sabía él, por lo visto, que la Virgen del Carmen puede proteger los mares desde cualquier montaña o altiplano. Y el resultado era discutible: la segunda celebración en La Caleta funcionaba como un reproche, como una duda, hacia la primera, en La Villa. Y, por si fuera poco, lo que aquí significaba encuentro, reencuentro y confraternización, en La Caleta, en plena temporada, significaba más bien lo contrario. No pretendo -no piensen eso- que La Caleta no tenga su Fiesta del Carmen. Digo, sencillamente, que la Fiesta del Carmen, en La Villa, es cosa demasiado importante para que la debilitemos.

Porque lo que ustedes no saben, a lo mejor, es que la Fiesta del Carmen estuvo a punto de desaparecer, hace cosa de treinta años, en La Villa. El peligro surgió cuando alguien quiso dejar claro que la Virgen del Carmen no era la patrona de Teguise. Como si sólo las patronas tuviesen derecho a ser celebradas, Como si el sentir popular no estuviese lleno de sabiduría.

No discuto yo -que no soy quién para ello- eso de ser o de no ser patrona. Sí discuto, sí propongo, que el mes de julio se siga manteniendo, con su fiesta principal del día 16, como época de regreso a la felicidad, de todos los que tuvimos la suerte de nacer aquí; en La Villa.

Propongo que esta fiesta se mantenga, y que a este pueblo se le siga llamando La Villa, así, sencillamente, cariñosamente, familiarmente, por parte de quienes lo sigamos queriendo. No me opongo, claro está, al nombre de Teguise. Pero debo confesar que Teguise me suena a amor perdido, amor pasado: Te Quise. Mejor sería Te Quiero. Y confieso, también, que ese Teguise sin el Villa de, que ahora usan por ahí, me parece una agresión innecesaria. Dicen Teguise como quien dice Teruel o Tetuán. Se refieren a mi pueblo como si mi pueblo fuera un pueblo cualquiera; como si fuese un punto más de un mapa sin entrañas. Al quitarle el Villa de, le quitaron el respeto, pero, también, el afecto. Protesto.

No debemos permitir, nunca, que nos quiten la Fiesta del Carmen. Tampoco que a La Villa dejen de decirle Villa. Sin la Fiesta del Carmen perderíamos la fecha y la razón del regreso. Sin el cariñoso nombre de toda la vida, perderíamos el camino de vuelta. No se puede regresar sin fecha en el billete. No se pueden encontrar los caminos sin nombre, o con nombre violentado.

Por eso debemos conservar, a toda costa, lo que de verdad nos une, lo que de verdad nos guía. “¿Y cuándo vuelves?” “Vuelvo el día del Carmen”. “¿Y a dónde vas?” “Voy a mi pueblo, a mi origen, a mi sitio: a La Villa”.

Malo sería que a preguntas tan sencillas, alguna vez no supiésemos responder, o respondiésemos confusamente. Estaríamos, sí, entonces, definitivamente perdidos. Desencontrados.

No hace mucho tiempo, siendo yo vecino de Barcelona, tuve que sacar un certificado de residencia. Fui al ayuntamiento de la capital catalana, y la funcionaría me dio un papel en el que se decía que yo era natural de Gran Canaria. “Pues no”, le dije, “resulta que yo soy natural de la Villa de Teguise, isla de Lanzarote, provincia de Las Palmas”. “¿Villa de qué?”. “De Teguise”. Buscó en el ordenador, donde al parecer habían metido todos los pueblos de España, y ni Villa de Teguise, ni Teguise a secas, aparecían por ninguna parte. “No existe”, me dijo segura la catalanita. “Existe. Claro que existe, Tanto existe, que de no existir no existiría yo”. “Lo siento. Debe estar equivocado”, siguió porfiando la muchacha. Tuve que hacer un escándalo, recurrir al jefe del jefe, consultar a no sé quién, a no sé qué, para no quedarme sin lugar de nacimiento. Hubiera sido, yo, en todo el mundo, de no haber reclamado en toda regla, el único ser viviente no nacido en parte alguna…

Después de un susto como ese, comprenderán ustedes mi especial empeño en mantener vivas y claras las referencias vitales que siguen estando aquí, en esta villa, en su nombre y en sus fiestas.

Ya tenemos bastante con haber perdido el pasado. No vayamos a perder, también, el presente. Porque el pasado sí que lo perdimos. Los chicos de la escuela ya no son chicos. Algunos han muerto. Algunas esperanzas se hicieron desengaños. La Mareta ya no existe. La Mareta, ahora, es nombre de casa de rey, pero ni siquiera aquí, sino en la orilla del mar.

Alguna vez, en la plaza, en las calles de La Villa, he tenido la sensación de que nuestro pasado no se fue, no se perdió. Ese espejismo se ha producido porque me ha parecido ver a los mismos niños de hace cuarenta años, todavía jugando, todavía enamorándose. Pero no, no son ellos. Son sus nietos, que se les parecen físicamente, que hasta tienen voces semejantes, que hasta se llaman igual, pero que pertenecen a otro mundo, a otra época.

Yo soy capaz de adivinar de qué familia es cada niño de La Villa de ahora mismo. Pero ninguno de esos niños puede imaginarme a mí, con pantalón corto, jugando al escondíte…

Algo parecido me sucede con las personas mayores. Por ejemplo: en el pasado, mi abuela era vieja y mi madre era joven. Y ahora, mi madre es vieja y mi abuela no existe. Y a veces, ahora, cuando hablo con mi madre, no estoy seguro de no estar hablando con mi abuela. No sé si me entienden. Pero lo que estoy diciendo es que el pasado se me escapó y que el presente no lo tengo claro. Tremendo.

Si todos estuviésemos en la misma circunstancia, habremos de hacer algo para que lo que ahora tenemos, para que lo que ahora somos, siga estando y siga siendo.

Nuestro presente también se hará pasado. Pero que no se pierda. Que no dejemos de vivirlo, por falta de voluntad o de oportunidad. Dejemos de decir adiós. Digamos, si posible fuera -y lo es- todo lo contrario. ¿Sabemos nosotros, sabe alguien, cómo se dice lo contrario de adiós?

De tanto irnos, inventamos esa palabra triste: adiós. Pero de tanto no volver, no nos hizo falta inventar la palabra contraria. ¿Sería bienvenido, bienvuelto, hola, qué tal, cuánto tiempo, cómo te va?

No importa. Lo que importa es que la vida no se haga pasado sin haber sido presente. Sin haber sido vivida. Que nadie nos quite la posibilidad de aproximarnos, de conocernos, de querernos, si posible fuera. Lo ajeno no es mejor que lo propio. El pasado no fue mejor que el ahora. El futuro es incierto. La vida, entonces, es sólo este instante, sólo nosotros. Vivamos. No nos separemos. Alarguemos la fiesta, hasta que el cuerpo aguante.

Que esa es otra: una fiesta que durara un mes era inconcebible. La vida era tan pequeña, tan frágil, que hasta las fiestas eran frágiles y pequeñas. Las amanecidas eran un lujo, una extravagancia, porque, de alguna manera, eran la prolongación excesiva del regocijo y de la evasión. Sólo se permitían placeres pequeños, porque el sufrimiento era grande, el tedio inmenso. Sólo el luto era interminable. Qué tiempos.

No quiero ponerme triste ni ponerles tristes. Pero comparando el pasado y el presente es como mejor pueden aclararse las mil razones que tenemos para estar contentos, para festejar el Carmen. Antes, ni siquiera había colores. En esta villa nuestra, todo iba del blanco más puro al negro más oscuro, pasando por una gama infinita de grises. Pero no existían ni el verde ni el amarillo, por ejemplo, a no ser en las banderas y en los adornos de la iglesia. Cuando, una vez, me trajeron un jersey rojo de Buenos Aires, me sentí tan extraño, tan raro, tan fuera de lugar, que no me atreví a salir a la calle con él…

Desconocíamos infinidad de olores y sabores. Cuando mi tío Perico vino de América, y trajo un cajón enorme lleno de cosas de comer y de beber, en casa de mi abuelo descubrimos la gloria. Pues nos parecía mentira que hubieran tantas latas distintas con tantas delicias diferentes, tanto queso variado, tantas botellas oliendo a paraísos…

No había luz eléctrica. Cuando don Moisés Gómez Gutiérrez, aquel viejo secretario del ayuntamiento, vino de la Península, se quedó espantado. Y no por la oscuridad, precisamente. Le asombró la luna llena. Nunca había visto una luna llena, porque siempre había vivido bajo cielos iluminados…

Hasta el amor era escaso. Difícil. Tuvo que venir un batallón de soldados, veteranos de la Guerra Civil, para que toda una generación de solteronas encontrara, novio. Y cuando esos soldados se fueron, se llevaron como esposas a muchas mujeres de La Villa. Muchas casas se quedaron vacías. Y en las calles, muchos perros se quedaron abandonados sin saber dónde morirse. Y muchos, perdidos, esqueléticos, fueron a morirse a la puerta de la iglesia, como si creyeran que sus dueñas no se habían ido, sino que seguían estando en una misa interminable…

No había dinero. El aceite y el azúcar se compraban pagándole a la tienda con huevos de gallina. Y los tenderos no sabían qué hacer con tanto huevo…

No había trabajo. Muchos padres de familia, cuando llegaban a la desesperación después de Reyes se iban a La Costa y volvían en las vísperas del Carmen. En menos seis meses se ponían viejos; se hacían ancianos prematuros…

Eran pocas y malas las escuelas. Yo, que prácticamente aprendí a leer y a escribir sin que nadie me enseñara, era -fíjense ustedes- el maestro de Tahíche y de Los Valles…

Comparen. Si todo eso -y mucho más que me callo- no son razones de peso para una fiesta sonada, pues que venga Nuestra Señora del Carmen y lo vea. Nadie, como nosotros, tiene tanto que celebrar. Nadie, como la gente de La Villa, merece tanto la felicidad.

No importa que alguna vez nos hayamos desentendido. No importa que nuestros postigos hayan estado cerrados durante tanto tiempo. Lo que importa es que fuimos capaces de superar la adversidad, sin nunca perder la dignidad, ni de pueblo ni de personas. Eso es el éxito, en el mundo de hoy. Eso sí que es el triunfo, la gloria, de los que supieron dar ejemplo. ¿Por qué, entonces, no celebrarlo, cantarlo, bailarlo, y hasta comerlo y beberlo?

A Dios gracias, en esta villa nuestra ya no hay razones de peso para disimular la alegría, para contener el regocijo. ¿Alguien lo duda?

Si nadie lo duda, que la fiesta empiece. Que el pregonero se calle. Que entre, de una vez, la alegría.

Yo me marcho -tengo que irme- pero no me despido. No digo adiós. Me voy recordando a Leandro Perdomo Spínola, y pidiéndole a La Villa, a ustedes, que me dejen seguir queriéndolos.

¡Qué se diviertan!

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