Pregón de Teguise 1989

Pregón de las Fiestas del Carmen
Teguise 1989

Por: JORGE EDWARDS

Hemos venido de muy lejos, del Viejo y del Nuevo Mundo, de América y de España continental, para coincidir en este punto de encuentro -coincidir, deliberar, discutir, discrepar-, bajo el signo de la literatura y a la sombra de un viejo escritor de estas islas, Ángel Guerra. Lo hemos hecho para conceder un premio de novela y estamos convencidos, todos los miembros del jurado, y conviene decirlo como cuestión previa e importante, de que este premio puede tener un gran porvenir, puede desempeñar un papel significativo en la cultura de nuestro idioma en los años próximos.

Lanzarote, con un poco de imaginación, ingrediente humano que sin duda tiene de sobra, podrá recoger y continuar una tradición contemporánea de premios literarios vivos, nada de académicos, gestados en una discusión abierta, provocadora de ideas y de curiosidades, inspiradora en el mejor sentido de esta palabra.

Porque la isla, desde luego, con su aire, con su originalidad y hasta su locura geográfica, con su posición en el océano, avanzada lejana con respecto a la península, camino del sur, límite extremo del mundo conocido o, por lo menos, vislumbrado por los antiguos, es y lo es en el más exacto sentido, inspiradora, provocadora para el espíritu.

Para el que viene de América, Lanzarote y todo el conjunto de las Canarias o las Afortunadas es evidente preanuncio, anticipación, ensayo general. Es, en algún sentido, la marca, la huella de una predestinación. Uno llega y empieza de inmediato a reconocer, a enri-quecer la comprensión en forma retrospectiva. Así se navegó, se descubrió, se mantuvo la identidad y se asimiló el matiz diferente, la variante lingüística, cultural, arquitectónica, productiva. La identidad adquirió el factor necesario de la diversidad. La interioridad, la intimidad sombría de la ciudad amurallada de la Edad Media, se asomó al mundo ancho y ajeno, al mar grande, cuya sal estaba hecha de lágrimas, como dijo un poeta, pero cuyos confines fabulosos invitaban a la irrenunciable aventura.

Uno confirma aquí el carácter esencialmente ambiguo, relativo, renacentista y prerrenacentista, esto es, radicado y confinado en una etapa histórica de esa noción del descubrimiento que tan al día se encuentra ahora. El descubrimiento de las islas, como el de América, fue un reconocimiento y, en algunos casos al menos, un redescubrimiento. El nombre que los antiguos le daban a Lanzarote, Capraria o Caprasia, nos deja pensativos.

La etimología de Capraria no parece lejos de la de Capri, Capri al parecer, corresponde al lugar del episodio de Polifemo en la Odisea. La suposición se basa en la presencia abundante de la especie caprina -rebaños cuidados por gigantes- y en la de volcanes. Las piedras arrojadas por los gigantes contra los compañeros de Ulises serían las de una erupción volcánica. El ojo de Polifemo que despierta, interrumpido en su letargo, sería el de un cráter que surge de las profundidades, airado, vomitando fuego. Capraria, Capri, prolongación del mar abrigado, mediterráneo, hacia los confines míticos, desprotegidos. Los ojos de los Polifemos, tendidos en sus camastros de arrecifes, somnolientos, pero capaces de un despertar terrible, todavía parpadean, llamean, echan humo en estas latitudes.

El hombre
La inquietud del hombre moderno le obligó a salir de los límites medievales, de la vida hacia adentro, en la Ciudad de Dios y de los Demonios, y a penetrar en tierras y mares ignotos, entre peligros. Pero junto al peligro y la destrucción se presentaron los dones. Después del fuego, la ceniza, lavas pulverizadas en ceniza, y desde la ceniza, con ayuda del ingenio humano y del misterio de la naturaleza, la fertilidad. La Isla, con su apariencia rocosa, pedregosa, salobre, lunar, es generosa. Nos da peces multiformes, mariscos de aspecto prehistórico, adherencias carnosas de la roca viva, lapas, valvas, ostras, navajas, frutos y tubérculos. Para un natural del extremo sur del mundo, del sur del hemisferio sur, la papa arrugada es una variante sabrosa y sorprendente de la papa de la isla grande de Chiloé o de la papa amarilla del Valle de Huancayo. Hasta aquí, además, significativamente, conservó su nombre convertido más tarde en la península, con pudor pontificio, en el de patata. Y para el natural de la costa central de Chile, que dedicó parte de sus vacaciones infantiles y de adolescente, en lugares con el nombre de Maitencillo, Cachagua, el Horcón o Zapallat, a la pesca y a la devoración de viejas, viejas de la mar salada y que los mal pensados no supongan perversidad eróticas, estas viejas de aquí, en su lecho de aceite, de cebolla dulzona, y en la compañía del mojo verde, constituyen un maravilloso reencuentro gastronómico, una recuperación del pasado y una invitación a la fiesta que sigue.

La comunidad del idioma nos permite el juego de la diversidad, que es el origen último de la literatura, y que solemnizamos, como corresponde, con la fiesta. Una vieja es una vieja en la Península, una joven en México, una cabeza fea y asustadora, agarrada por un anzuelo, con un sabor inesperadamente tierno, en las costas de Cachagua y de Teguise. Una papa chilota y huancaína es una papa arrugada canaria antes de transformarse en una patata solemne y peninsular. Y el vino de Malvasía, estímulo de la fantasía y también del olvido, no consiente en viajar fuera de las islas, por causas seguramente justificada, pero los ecos de su fama llegan hasta los entresijos del teatro de Shakespeare

Momentos históricos

Esta comunidad del idioma en la diversidad es lo que puede permitir que las islas, y Lanzarote en particular, se conviertan en punto neurálgico de la cultura del idioma, a fin de que nos definamos en el futuro, por encima de las diferencias meramente administrativas, en función de la lengua común, como debe ser y como nunca debió dejar de ser. Para lograr este objetivo, el momento histórico es único. Durante los siglos imperiales y coloniales, se impuso la unidad, pero a costa de la diversidad, de la originalidad del espíritu. Los talentos más creativos fueron condenados, en definitiva, al silencio, desde Sor Juana Inés de la Cruz en México hasta el Capitán Pineda y Bascuñán en el sur de Chile, en la región de la Frontera. La Independencia, en seguida, se agotó en un enorme esfuerzo de alejamiento de lo hispánico. Y la primera mitad de este siglo estuvo señalada por el conflicto y por la guerra. Ahora, en cambio, en estos días a pesar de la inevitable confusión y de las abrumadoras dificultades, ya no necesitamos escapar de la tradición hispánica en América, para luchar por nuestra libertad, nuestra creatividad, nuestro desarrollo, como sucedía en el pasado. La lucha contra la leyenda negra de España, que caracterizó todo el esfuerzo intelectual y político del pasado his¬panoamericano, es ahora una lucha que podemos librar desde un doble frente: el de Hispanoamérica y el de España. Es una lucha común contra enemigos comunes, que se encuentran en ambas orillas y con la experiencia común nos ayuda a encontrar y a destruir.

Asistimos así a un cambio formidable y decisivo de nuestra situación, del que todavía no hemos tomado plena conciencia. Y este encuentro, este premio de literatura, esta fiesta, son un signo y un símbolo de este cambio. Agradecemos, por eso, la generosidad de las autoridades y de nuestros amigos de Lanzarote, y constatamos, de paso, que es una generosidad lúcida y abierta al futuro. De la ceniza de los volcanes, con ayuda de la humedad celeste, y de las tinieblas de la historia, disipadas por el ansia humana de libertad, surge una nueva fertilidad, otro día de la creación. Este breve pregón, por eso, es a la vez reflexión, rápida, justa celebración, y a la vez, invitación y anuncio optimista. Confiamos en que la fiesta será creativa, propicia, y la celebremos, por consiguiente, con buena conciencia.

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