Pregón de Teguise 1986

Pregón de las Fiestas del Carmen
Teguise 1986

Por: SEBASTIÁN DE LA NUEZ

 

Mito y realidad de TeguiseSebastian NUez

Lanzarote, amarillenta
como un camello africano…
sobre tus gibas de fuego
mi corazón cabalgando…
R. Arozarena

Teguise, capital primera de la isla de Junonia o Planacia del archipiélago purpurario, o afortunado, capital de la isla de Lancelo Malloncello, que llegó en 1312, cuando vivía el Arcipreste de Hita y Doña María de Molina, y se disputaban a Castilla y León, los nietos de Fernando III el Santo, la isla reinventada por Agustín Espinosa en nuestro tiempo, y que añadirá un nuevo Santo a San Marcial del Rubicón, el primer obispado de las Islas, y a San Ginés el patrón de la capital moderna, que es San Lancelot.

Mas el origen de Teguise no es cristiano ni morisco, es indígena ancestral, berberisco, es la legendaria Titerroigatra de los aborígenes lanzaroteños fundadores, que Torniani a final del siglo XVI llama Tenisse o la Gran Aldea, punto de unión y cruce de los conquistadores normandos y los isleños con-quistados. A propósito de los fundadores indígenas de Teguise dice Ignacio Quintana en Arca de las Islas.

¿Para qué acudir a la legendaria
Tele-Roy-Gatra?
Las teogonías del Fuego y del Viento
no son más que un verso.

Según nos dice Julio Verne, en su biografía novelada de Juan de Bethencourt, Lanzarote emerge a la historia moderna un siglo antes del descubrimiento de América (que ahora van a cumplirse 500 años) un español llamado Almonaster (que parece un símbolo hispano-árabe como corresponde a estas tierras) arribó con una expedición a Lanzarote llevándose consigo un cierto número de prisioneros indígenas, y algunos productos que atestiguan la gran fertilidad de la isla.

Con las razzias de berberiscos, castellanos, mallorquines, y sobre todo después de la expedición de Álvaro Becerra, que a pesar de la heroica resistencia del rey Timanfaya (cuyo nombre se ha eternizado en los famosos volcanes). Los invasores se llevaron a su esposa y a 170 indígenas; la isla se quedó tan mermada de habitantes, que cuando Bethencourt llega a ella, después de haber desembarcado en La Graciosa se encuentra con el rey Guadarfía que sólo cuenta con 200 guerreros, y que, prudentemente, sella un pacto de amistad con el invasor normando. Es significativo observar como las primeras manifestaciones literarias de Lanzarote aparecen con alusiones a la conquista como el cantado en Chasna (Tenerife) que comienza:

Don Juan Bethencourt
y el rey Guadarfía
van para Zonzamas
con mucha alegría
y sus ayudantes
fieles le seguían.

En 1418 la antigua Villa de Teguise entra en la historia al fijar su residencia allí Maciot de Bethencourt, sobrino del conquistador, cuando se desposa con María de Teguise, hija del rey Guadarfía ya citado, quien da nombre definitivo a la Villa y corte durante tantos siglos. Agustín de la Hoz al evocar esta antigua población exclama:

« ¡Cuánta historia hay en las piedras adustas y nobles caserones, en sus palacios, conventos, iglesias y ermitas…!» Pero «lo que caracteriza -dice el mismo escritor- a la Real Villa de Teguise es su inconfundible señorío, sus conventos vetustos y regios palacios y hacen de la Villa un verdadero museo de arquitectura religiosa y civil. Porque este pueblo nos recuerda a Toledo con sus piedras quemadas al sol, sus tejados enfermizos y su místico recogimiento ambiental: otras veces parece un gran cortijo andaluz con su aire dulzón, sus balcones floridos y sus blancos humilladeros, de místicas cruces, a modo de descarnados calvarios; otras veces recuerda a Compostela, con sus musgos y calles empedradas, patinadas de leves lloviznas o de rocío madrugador, con sus tabernas umbrías y solitarias durante el día, pero iluminados por sendos candiles durante la noche…».

He aquí como un poeta moderno, Leopoldo Díaz Suárez ha descrito la antigua Villa Real de Teguise en un soneto:

Digno este canto de tu gloria sea,
¡Oh, Teguise inmortal de
grata historia!
para cantarte basta hacer memoria
en medio del fulgor que te rodea.
Recordemos tus triunfos; que se vea
como el oro surgir de entre la escoria
los hechos más salientes
de tu historia,
brillantes como el sol que nos caldea.
Tus calles y tu aspecto, noble Villa,
seméjanse a los pueblos de Castilla
famosos por sus casas señoriales.
Tú también, nobilísima Teguise,
bajo el rayo del sol que te bendice,
ostentas tus conventos inmortales.

Mientras, en la Villa y en la isla, la historia no se detiene: En el mismo año de 1418 Juan de Bethencourt tiene que ceder al conde de Niebla, prócer andaluz, la propiedad de Lanzarote. Pero el rey don Juan de Castilla concede, por Real Cédula a los Casaus o Las Casas, armadores y piratas sevillanos, la conquista de las Islas no sometidas, con lo que entraron en pugna con el conde don Enrique de Guzmán quien decide vender a Guillén de las Casas, en 1430, su pretendido derecho a Lanzarote y a las islas adyacentes. Sin embargo Maciot sigue gobernando en Teguise, administrando justicia y percibiendo rentas, como único señor, hasta el punto, que en 1448, vende a don Enrique de Portugal la sufrida isla de tantos dueños, y se marcha a la isla de la Madera con su familia y corte, aborigen cristianizada, normanda y castellana, Los portugueses, cumpliendo una antigua aspiración, ocuparon Lanzarote y mandan como gobernador de ella a don Antao GonCalvez, que tuvo buena fama de hombre justiciero y virtuoso, a pesar de ellos los lanzaroteños, demostrando su fidelidad castellana se sublevaron, y en 1449 expulsaron a los portugueses de la isla. El año siguiente don Enrique de Portugal envió una fuerte armada a su reconquista, pero fue valerosamente rechazada por los isleños, que nombraron capitán general interino a don Alfonso Cabrera hasta que la corona de Castilla dispusiera otra cosa. Pero mientras tanto el Rey manda que su escribano de cámara don Juan Iñiguez de Atabe se haga cargo del gobierno hasta que se dirima la cuestión de la Posesión a favor de Fernán Peraza, sucesor de Fas Casas. Este fallece en 1452, pasando sus derechos a sus herederos don Diego García de Herrera y su esposa Inés Peraza, que pasan a gobernar, en 1454, no sólo Lanzarote y Fuerteventura, sino con el poder suficiente para conquistar las islas que aún permanecían invictas. Mas no lograron ni el afecto de los lanzaroteños ni por el pie en las demás islas, de donde fueron rechazadas sus huestes. Sólo se logró una relativa calma después del mando de Enrique IV a favor de los Herrera en 1455, y es cuando Teguise «fue adquiriendo -como dice la Hoz- cuerpo de residencia señorial, construyéndose gran parte de los bellos edificios que más tarde incendiaron los moros en diversas razzias (siempre la morisma, como ahora, ha perjudicado a la isla, a pesar de la sangre morisca que corre por las venas de muchos de sus habitantes).

Después Lanzarote va entrando en la historia social y política del Archipiélago Canario. Hay un período de 45 años en que termina el S. XIV con la conquista de Gran Canaria por Juan Rejón y Juan de Vera para los Reyes Católicos, y la de La Palma y Tenerife por Fernández de Lugo, pues desde la época de los Bethancores las islas de La Gomera y Hierro pertenecían al señorío de Lanzarote y Fuerteventura. En ésta época, asiste impasible a las dis-putas entre los militares enviados por los reyes y los señores de la isla. Es ya en pleno siglo XVI y cuando se constituyen el condado el marquesado de Lanzarote, en 1536 y en 1584 respectivamente, en la persona de don Agustín de Herrera y Rojas. Era este prócer nieto de Pedro Hernández Saavedra y de Costanza Sarmiento, hija de Sancho de Herrera. Don Agustín fue hombre valiente y emprendedor, pues organizó nada menos que 14 expediciones a Berbería capturando más de 12 mil moros, provocando así la invasión de Lanzarote de Morato Arráez, con el asalto y destrucción de la Real Villa en 1586. Sólo después de un mes de la razzia feroz, el prestigioso historiador don Gonzalo Argote de Molina, casado con una hija del Marqués pudo firmar un pacto de paz con el invasor y recuperar a la marquesa y a su propia esposa capturadas por las huestes del Morato Arráez. Se repetía así la historia de la princesa guanche Tenesoya Vidina y de María de Teguise. En sucesivas razzias, realizadas en 1569 por el rey de Fez Calafat, en 1571 por el corsario berberisco Dogal, y de 1586 por el pirata argelino Amurat, destrozaron la ciudad, el templo de San Francisco y el castillo de Guanapay.

Pero a finales de este siglo llega Leonardo Torriani a Lanzarote enviado por Felipe II, para informar sobre la construcción en las islas y restaurar y organizar sus fortificaciones: En su informe dice, entre otras cosas, lo siguiente: «La Villa de Teguise fue tantas veces arruinada por los turcos y los moros que los isleños nunca se han atrevido a volver a edificarla, considerando que en cualquier momento están expuestos a las mismas desgracias sin que puedan defenderla…» En consecuencia, añade el ingeniero cremonés, «como la edificación de nuevo de una ciudad, o villa o castillo trae muchas dificultades y tardanzas (…) me parece que mientras se edifica una nueva villa, no sería bien dejar tantas almas a merced de los enemigos, si no que se debe hacer un reducto, para que en él y en la fortaleza de la entrada del Puerto tengan refugio y defensa segura». Este refugio sería la fortaleza-castillo de Guanapay y la Cueva de los Verdes, y la defensa de los castillos de San Gabriel y San José, vigías de la isla. De nuevo, a principios del siglo XVII, en 1618 cuando Lanzarote fue invadida y la Villa de Teguise asaltada e incendiada por los arraeces Jabán y Solimán, las previsiones de Torriani surtieron su efecto, pues parte de la población se refugió en la fortaleza de Guanapay (con razón la llamaría más tarde Agustín Espinosa «el Ángel Custodio de Teguise») y otra parte en la célebre Cueva. Así los invasores pudieron ser hostigados por las tropas del capitán Matías de Anchieta que había venido en socorro de la isla. Este siglo fue de lento resurgimiento de la villa. Confiada en la pacificación se pudieron edificar las ermitas del Espíritu Santo, San Rafael y el convento de Veracruz. Sólo hasta principios del siglo XVIII no se edificó el de Santo Domingo, uno de los mejores conservados, junto al de la iglesia de San Francisco,

Así como los siglos XVI y XVII en las islas mayores floreció la cultura histórica y literaria en Gran Canaria. La Palma y Tenerife, con nombres como Abreu Galindo, Alonso de Espinosa, Cairasco de Figueroa, Antonio de Viena, Pagio y Monteverde, Fray Marcos Alayón etc., es el de las Luces en el que nacen los hijos más ilustres de Lanzarote, como don José Antonio Clavijo, (nació en Teguise en 1701 y muere en la Orotava, gran teólogo y prior del convento de Santo Domingo; su sobrino José Clavijo y Fajardo, nacido también en Teguise en 1726 y muerto en Madrid en 1806, traductor, publicista, autor del Pensador y Director del Real Gabinete de Historia Natural. El siglo XIX también da hombres importantes como don Domingo Rancel, natural de Teguise, historiador y cronista de la guerra de la Independencia, comandante militar, luego en Las Palmas director de la construcción del muelle de San Telmo: don Alfonso Espínola nacido en la Villa en 1845, apóstol de la enseñanza y la cultura en América, sabio y filósofo, médico ejemplar, muerto en Uruguay, y finalmente Ángel Guerra, seudónimo de José Betancour, nacido también en esta ciudad en 1874, el gran novelista de la tierra lanzaroteña de proyección nacional.

Mas en el siglo XVIII a la par de la eclosión cultural de Lanzarote se produce la eclosión de la naturaleza, en forma de las erupciones volcánicas más temibles del mundo acompañadas de tremendos terremotos que dio origen al enorme mar de volcanes del territorio de Timanfaya, como si quisiera esta isla volver a sus orígenes bajo la advocación de los legítimos y primeros dueños. El filósofo griego Empédocles de Agrigento, buen conocedor del fenómeno volcánico escribe que los cuatro elementos que forman la tierra son: fuego, aire, tierra y agua. Lanzarote y especialmente Teguise y su extenso ayuntamiento posee en abundancia y en activo estos cuatro elementos primigenios: el fuego vivo y latente, despierto a dos palmos bajo tierra, dispuesto a hacer sentir su presencia colérica; el aire en movimiento que aparece en esta isla, como suave brisa o como huracán que forma tempestades; la tierra que se presenta en mil formas desde la mar petrificada y negro-rojiza de los volcanes, desde la áspera Geria hasta los dulces arenales de sus playas, rojas, amarillas, blancas o negras, y las aguas rescatadas y profundas de los pozos, las cisternas y los aljibes, las blancas de las salinas o las verdes del lago de Janubio, y por último el mar con sus azules, verdosos, grises y plateados que rodean la costa con amor y desatada locura atormentada. Si a todo ello se añade el incomparable archipiélago formado por peñones y diminutas islas presididas por La Graciosa, el mundo de la fantasía y del surrealismo más poético completan la naturaleza y el arte que forman el municipio de Teguise presidido por el Santo Patrón.

Mas Espinosa el mistificador de Lanzarote es el que nos da los símbolos reales de los cuatro elementos enumerados y condensados: en el camello con arado, la palmera con viento y la cisterna con sol,

a) para el primero envía el saludo admirativo por su fealdad de autor cómico: «Por ese gran sable arador que sabes arrastrar garbosamente sobre la tierra plana de Lanzarote como sobre las alfombras de una gran recepción consular»,

b) la palmera -que según Espinosa- tuvo envidia de los molinos y de los girasoles «Y por eso llegaste a Lanzarote, isla de viento perenne: Isla de alisios» «ahora ha superado a todas las envidias antiguas… ahora eres tú la envidiada por tu color alegre. Por su honestidad…»,

c) es la cisterna con sol, la unión antitética del fuego y el agua, Lanzarote sólo puede calmar la sed de su fuego interior en el agua profunda. Canta a «Tu cuerpo blanco. Tu agua honda. Tu cubo de latón amarrado al extremo de la larga cuerda».

Sin embargo la visión de la población nuclear-cristiana y vanguardista, mítica y moderna, nos la da el propio Espinosa en su discurso de apertura de Enseñanza Media de Arrecife: «Teguise es un pueblecito alegre, rumoroso, que hace girar su rueda de colores frente a la blanca arquitectura general de la isla. Al pie de una montaña encastillada, sin temor de peligros inéditos, su sonreír es el niño durmiente de los cuadros, protegidos sobre el precipicio por las alas fantásticas del Ángel de la Guarda».

¡Oh Teguise de Lanzarote! Oh tu extenso conglomerado de pueblos, barrios y pagos que abarcan desde el Mojón, desde Caleta Cebo y Pedro Barba de la isla de La Graciosa y los acantilados de Caleta de Farreara hasta Guatiza y Nazaret, de nombre bíblico y para lepípedos blancos» de «gran geometría de horizontales»; y los pueblos de las tres iniciales denotando su entronque berberisco: Tahiche, Tao, Tesequite y Tías para cerrar en la errática Mozaga hermana menor de Nazaret» según el mitólogo de Lancelot 28° 7′. Mas el Ayuntamiento de Teguise no termina aquí, pues tiene sus límites hacia el N.E. en los Jameos del Agua y al N.O. en los volcanes de Tomaen y la Geria.

¡Oh Teguise de Lanzarote! Cabeza de la Isla desde sus tiempos místicos, desde que se formaron los primeros volcanes y las cuevas subterráneas y los lagos interiores, desde que se separó, en el acantilado de la Batería de Río, el mini archipiélago, desde que los reyes Timanfaya y Zonzamas y la bella Ico, rubia y morena, desde la hermosa Teguise hasta los Betancores, los Herreras y la Fortaleza de Guanapay y los conventos de San Francisco y Santo Domingo, desde toda esta historia mítica y real, altiva y bella, antigua y moderna, inmortalizada por tus hombres y tus poetas, emerges hoy eterna y pura, esperando tu resurrección. ¡Oh Teguise centro espiritual y glorioso de Lanzarote!

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