Pregón de Teguise 1983

Pregón de las Fiestas del Carmen
Teguise 1983

Por: AGUSTÍN DE LA HOZ

El origen de esta Villa de Teguise data de la época auroral lanzaroagustin hozteña: primero se llamó la Gran Aldea, y con este nombre la citan los cronistas bethencurianos. Luego, hubo un tiempo oscuro durante el cual toda posible nomenclatura quedó ahogada para la posteridad en el fragor de mil batallas, conquistas, ventas y cambios de mano, asentamientos feudales, piraterías y depredaciones…

De tan cruenta crisálida surgió la no menos legendaria Teguise, que Torriani entroncaría años más tarde con “Teguse”, rey inverosímil de Lanzarote.

Hacia el 1418 –con el tránsfuga Maciot “desposando” a una infanta aborigen, y la nebulosa de su “propiedad absoluta” aún más inquieta–la Villa sigue llamándose Gran Aldea y no Teguise, de suerte que así está escrito en los documentos más autorizados hasta bien entrado el siglo XVI.

A finales de esta mencionada centuria, siendo ya Marqués el célebre Conde de Lanzarote, Agustín de Herrera y Rojas, se acentúa el romántico recuerdo de los amores del conquistador y la princesa nativa, cuya genealogía de nobleza ha llegado al presente más o menos informada, y desde entonces la Gran Aldea se llamará entrañable y especificamente Teguise… Fruto de este árbol fue Inés Margarita, y ésta, convertida en semilla fecundada por Arrieta Perdomo, sería el tronco frondoso de cuantos Bethencures y Perdomos han sido y son, de una costa a otra del Atlántico, siendo Simón Bolívar el más señero y universal.

Felipe II concedió a esta Villa y al propio Conde–Marqués diversos privilegios, y hasta mediados del XIX, esto es, al cabo de la “Guerra Chica” de Lanzarote y del “boom” barrillero, Teguise mantiene su nombre legendario y su histórica capitalidad a despecho de intereses políticos y económicos.

Queda dicho, pues, sin necesidad de apelar a más datos documentales, que la “Muy Noble, llusre, Leal y Heróica Villa de Teguise”, decayó a medida que crecía el Puerto del Arrecife y en éste se afirmaba la ávida y recién instalada mesocracia. Pero la Historia y geografía de Teguise, sus costumbres y actitudes, pautas mentales, naturaleza y cultura, no decayeron, y su espíritu colectivo tampoco.

Teguise refleja en su arquitectura la vida de sus fundadores, está compuesta por signos de aquella vida medieval, y, ésta misma, es signo que los hombres de hoy reciben, interpretan y transforman en vida propia. Teguise tiene para cada uno de nosotros muchas y muy notables particularidades: sus edificios eclesiásticos, como La Cilla o depósito de los diezmos, la Casona–Prisión que albergaba la “Corte baja de la Inquisición”, con sus troneras a ras de la calle; La Veracruz, San. Rafael y Santo Domingo, entre los que destaca la sobria fachada de la iglesia del extinto convento de la Santa Madre de Dios de Miraflores, donde nos encontramos, y el tantas veces arruinado y restaurado templo de San Miguel cuya imagen de Guadalupe mere¬cería un volumen para desentrañar sus milagros, su cautiverio y rescate; casonas nobles, algunas muy simples, casi primitivas, y otras más alzadas segund e come en la cibdad de Sevylla lo usan los dichos alarifes de la dicha cibdad Palacios y templos, como expresión arquitectónica, que igualan a la nobleza, a la milicia y al clero. Véase, si no, como ejemplos singulares, esas mansiones de los Regidores o de los Feos y Cabreras, que, si por fuera resultan adustas y hasta inglosables, interiormente se abren al patio, íntimo y suyo –aparte, claro está, las desfiguraciones impuestas a capricho o por las realidades prosaicas de la edad presente–, pero que en cualquier caso registran los signos de su vida doméstica y callada. En Teguise, arquitectura y sociedad marcharon al unísono de su mera Historia…, como un diálogo de testimonio con el tiempo, sin desentonar la voz, a tono con sus rincones cálidos y amables. Ahí, las Casas Consistoriales y las llamadas Oficinas Político-Militares también de fuerte sabor clásico, como que fueron hasta Mendizábal claustros conventuales; interesante, asimismo, el Palacio de los Herrera–Peraza de amplios corredores recelosos y herméticos, y celosías mudéjares, con obra de tea y rico artesonado, que igual cobijaba el fausto señorial que la ímproba tragedia, uno de esos palacios del siglo XV recubierto de líquenes y abandonado a su elegíaca soledad…, pero que actualmente se pretende reivindicar con toda justicia; monumentos castrenses, como el castillo de Santa Bárabara, en la cima del Guanapay –concebido para defenderse de las amenazas exteriores– entre cuyos habitáculos y torre del homenaje corren, como el viento y los cernícalos, esas consejas y recuerdos peliagudos que siguen siendo el mejor exponente, gallardo y perenne, de la piedra patinada por los siglos.

Teguise es, y sigue siéndolo, un verdadero museo de nuestra primera arquitectura del colonial canario, entre los muchos y altos títulos de su esencial participación en la historia de la expansión española en el Atlántico, y es sugerente a todas horas… y en cualquier rincón de sus calles y plazas silenciosas podemos ver aún, como en relieve, el sello inconfundible de lo hispánico y lo católico.

Valores y bellezas de la Villa antigua que son patrimonio – auténtico tesoro– de todos los teguiseños, y es, por tanto, obligación de todos defenderlos y mimarlos. ¿No existe la posibilidad de salvaguardar la riqueza histórico–cultural de nuestra Villa? Sí y hay que animarse ante los renacidos impulsos de una vitalidad prometedora que rinde culto en lo íntimo de su pecho al pasado glorioso conservado en tradiciones y testimonios no extinguidos como los sucesos que nos narran. Así, la más cerrada sensibilidad se irá abriendo paso repasando sus calles como se pasan las páginas de un libro, y se sentirá a España y al mundo occidental con serenidad y conciencia.

Pero, digamos algo para la historia de la advocación carmelitana en la Villa de Teguise, por qué la Virgen del Carmen ha sido veneradísima por los hombres de la escota y el remo, que también los tuvo este gran pueblo: gente humilde, sencilla, de sólida fe y religiosas costumbres.

Sabido es que después del Cristianismo, la piedad mareante se dirigió hacia las Vírgenes y los Santos de la nueva Fe. San Erasmo –el Sant Elmo o San Telmo castellano, que fue un obispo itálico del siglo V– atrajo en seguidas las devociones de los marineros. A lo largo de quince centurias se le ha representado en tablas y es¬tampas con un barco en una mano y una candela en la otra, y de ahí los “fuegos de San Telmo” que a veces cabrillean en los topes de los masteleros. La Virgen, desde los primeros momentos fue mirada como la Estrella o Guía de los que andan por la mar, y por eso se le llamó “Stella Maris” y “Estrella Matutina” verdadero Norte de la esperanza marinera. Así surgieron esas Vírgenes litorales, cuyos santuarios florecen como plantas de recia piedad a lo largo de todas las quebradas costas españolas y canarias: Virgen del Buen Ayre, de Sevilla, Virgen de los Milagros, de La Rábida, y, aquí la milagrosa Virgen del Buen Viaje, que aún podemos contemplar en la ermita del Mojón…, y sobre todas, la Virgen del Rosario, la más venerada por los antiguos marineros y nostramos llegados a Lanzarote.

Hay que llegar al siglo XVIII para encontrar los primeros antecedentes. Es por entonces, mediada esa centuria –cuando Nuestra Seño¬ra del Carme se incorpora a las costumbres de nuestros marineros. ¿Cómo ocurrió es¬te hecho? En 1729 se funda aquí en este convento de franciscanos de la Madre de Dios de Miraflores la Real Cofradía del Carmen, cuyos estatutos fueron autorizados por el Gerente del Colegio de Carmelitas descalzos de Burgos, Fray Pablo de la Concepción. Es una de las Cofradías más antiguas de Canarias, y desde entonces la festividad del Carmen, en Teguise, ha sido muy popular, profundamente popular. El folklore local está llenó de ingenuas y deliciosas muestras de esa devoción, que el devenir secular no ha podido abolir en la Villa señorial, tierra adentro, donde madres y esposas, novias e hijas, pedían a la Virgen la vida y la salud de sus hombres, quienes en la emigración americana o a bordo de los barcos costeros afrontaban los mil peligros del temporal y la calma chicha, del escorbuto en alta mar y los desengaños en tierra extraña… Pero eso no fue todo. Sabido es que la Virgen del Carmen es representada sacando las Ánimas del Purgatorio, y la devoción a las Animas –a los muertos– sigue siendo común y arraigadísima entre nuestros-marineros y campesinos. En nuestra isla siempre abrieron el mismo surco de dolor la uña del arado y la quilla del velero. Así se fue propagando por barcos y villas la devoción a aquella Virgen nueva, que abogaba por las Ánimas de los difuntos, muertos a golpe de altas mareas negras o a golpe de hambre y soledad…

La espléndida talla de Nuestra Señora del Carmen, que todos conocemos y admiramos, y que fue pasto de las llamas en el voraz incendio del Templo parroquial –el 6 de febrero de 1909– a donde había sido trasladada para su culto, año de 1875, consta en acta del libro de la ya citada Cofradía de Teguise, que fue adquirida en Génova por 330 reales y bendecida en este convento de la Madre de Dios de Miraflores el 24 de junio de 1.729.

No vamos a relatar aquí la enorme importancia que adquirieron las Fiestas del Car-men, pero baste decir que las mujeres de Teguise, y de toda la costa lanzaroteña, aceptaron en seguida con gran entusiasmo la nueva devoción, y el nombre de Carmen, casi desconocido en Lanzarote antes del siglo XVIII, se hizo de los más populares extendiéndose a todos sus pueblos.

Digamos, por último, que este Pregón quedaría incompleto, y yo mismo insatisfecho, si no hiciera mención al multánime Juan Melián –nuestro gran Beneficiado, como era cariñosamente conocido–, y al firme patriota teguiseño Ricardo Cancio, quienes en sus últimas voluntades no escatimaron unas pesetas con qué cubrir durante varios años las necesidades consuetas a la solemnidad y esplendor de las Fiestas del Carmen.

Que ese tributo amoroso cunda entre nosotros, y que esta festividad de la Virgen del Carmen, en Teguise, siga siendo ejemplar para que todos contribuyamos, de verdad, al temple de nuestras gentes de la tierra y de la mar, almas lanciloteñas, románticas abnegadas y atrevidas.

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