Pregón de Teguise 1973

Pregón de las Fiestas del Carmen
Teguise 1973

Por: JOSÉ FRANCISCO MORALES RODRÍGUEZ

Pasado y presente de Teguise en el pregón de sus fiestas del Carmen

Era la época medieval, una isla con unas inmensas llanuras, con maravillosas playas de doradas arenas, con sus campos cual ricos vergeles. Eran épocas felices para los nativos que la habitaban, agrupados en pequeños poblados que se diseminaban a través de Lanzarote, ajenos por completo a un mundo exterior desconocido para ellos y que comenzaba a expansionarse.

Ajenos por completo a los avatares de las guerras, a cruentas matanzas y despiadada esclavitud. Eran libres y vivían en la paz sosegada de una ínsula que aún no había sido víctima de aventurados navegantes. Y Acatife era su principal aldea. Con su rey Guadarfía y su venerable esposa Aniaga. Hija de ambos era la bella princesa, cuyo nombre era Teguise. ¡Nefasto aquel día en que en el horizonte, cabalgando sobre las olas, aparecieron aquellos monstruos marinos de madera, y de su interior salían gentes extrañamente vestidas, escudo y espada en mano! ¡Ayes de dolor! ¡Gritos belicosos! ¡Gente que huye despavorida! Pero al fin, el sometimiento a seres de cultura superior. Y llegó otra vez la paz, pero bajo un signo nuevo, abanderados por una nueva patria. Y Maciot de Bethencourt el caudillo de aquellas huestes invasoras, conquistador flamante de Lanzarote, quedó prendado de la hermosura de la princesa Teguise. Y le robó el corazón a la princesa y a los habitantes del poblado, la belleza sucesora de sus venerables reyezuelos. Pero hubo la justa compensación: aquellas gentes recibieron la luz del cristianismo, conocieron la civilización, las avanzadas costumbres de la época. Y había que perpetuar aquel otro nombre de la princesa en la estirpe de su pueblo, arrebatado al recibir las aguas bautismales por el cristiano de María. Y nació una población en las cercanías de la aldea. Capital del nuevo estado cristiano: La Real Villa de Teguise.

Momento histórico trascendental: la primera capital de la isla había sido fundada. Y allí acudieron nobles, aventureros, comerciantes, religiosos. Y la población fue creciendo como una ciudad castellana más, trasplantada a la isla, a pesar del ancho brazo de mar que la separa del continente. Y se fueron construyendo regios caserones, palacios, hospitales, conventos. Allí florecieron las artes, las letras, las ciencias. Y se fueron acumulando riquezas. ¡Vil metal que despertó la desmedida ambición del pirata sarraceno, morador de la costa cercana! Y empezaron las luchas, los saqueos, los incendios, las cruentas matanzas. Se destruyeron obras de arte, documentos históricos, edificios de gran valor arquitectónico. Y Lanzarote hubo de fortalecerse: surgieron recias edificaciones castrenses: surgió el Castillo de Guanapay, allá en lo alto del como volcánico de su mismo nombre. Allá en lo alto para mejor defensa, para mejor otear el horizonte, para divisar a tiempo los bajeles de los invasores de la Media Luna y alertar a tiempo también a la población de la Villa. Épicas jornadas para defender a la isla de la barbarie invasora. Y acertada medida la de las fortalezas, porque el moro, ante tanta oposición optó por otros derroteros.

Y Teguise volvió a renacer, ejerciendo su hegemonía como ciudad principal. Largo reinado que se fue apagando lentamente, como la llama que se consume, hasta fenecer. El Puerto de Arrecife, sus condiciones naturales, el auge de su comercio, le fue arrebatando soterradamente el blasón que tantos siglos ostentara. Y Teguise, cumplido su cometido, se sumió en un profundo letargo, sueño hoy a pesar del tiempo transcurrido, aquel Teguise del ayer, aquel Teguise de épocas esplendorosas, aquel Teguise que para gloria de Lanzarote, fue matriz capitalina, crisol de las artes, de las ciencias, de las letras, cuyas hondas raíces horadaran el suelo isleño, a través de barrancos y volcanes, llegando a todos los rincones de Lanzarote.

Teguise en pleno siglo XX, se nos muestra aún como una ciudad castellana más del antaño. Con sus recoletas calles. Con sus vetustos caserones. Con sus conventos, sumidos en un silencio sepulcral. En Teguise aún se palpa el ambiente de épocas de capa y espada. Aún permanece impregnado en sus paredes el olor mohíno a animales de herradura, a madera quemada del humo que emanaban sus chimeneas. Sólo sus gentes han cambiado, sus ideas y sus costumbres han sufrido honda mutación, determinadas por épocas tan dispares. Sin embargo el Teguise de hoy, a pesar de su lógica adaptación a los nuevos tiempos, ha sabido conservar la pureza de sus añejos tradiciones. El Teguise de hoy, mantiene viva la llama de sus ancestrales costumbres folklóricas, religiosas o populares. Los Ranchos de Pascua, sus clásicos y míticos belenes, sus rondallas, sus representaciones teatrales, su tradicional Semana Santa, son una buena muestra de ello.

¿Y sus fiestas? Como iba a faltar en un pueblo de tan honda raigambre, estas jornadas de expansión popular, de tanta trascendencia en todos los pueblos? Teguise también tiene sus fiestas patronales. Patronazgo por adopción. Porque si bien la entronización corresponde a Nuestra Señora de Guadalupe, la tradición, la costumbre y la devoción popular emplazaron a Nuestra Señora la Virgen del Carmen para tal menester. Y como la fiesta ha llegado a este Teguise del presente, dejamos atrás este recorrido histórico, a grandes rasgos, para meternos de lleno en el clásico y bullanguero ambiente festivalero. Las calles de Teguise se perfuman con ese rico tufillo a rosquillas y truchas de harina, de la sabrosa carne adobada y la generosa participación del rico caldo de los viñedos de la Geria. El pueblo entero parece despertar de pronto, de un sueño que ha durado, exactamente un año. Año de sacrificios, de duras jornadas, de sinsabores. Pero todo parece olvidarse. Ha llegado la época de vivir intensamente, por unos días, con inusitada alegría. Es vivir más sublimemente al calor familiar. Es dejar la angustiosa soledad que se arrastra, días tras día, en las duras faenas del campo, en la abnegada y peligrosa vida marinera, en la bulliciosa obra en construcción. La fiesta llega de rostros alegres las calles de Teguise. Unos curtidos de duras facciones; otros más lozanos, con la explosión entusiasta de sus años mozos o con la ingenua espontaneidad de su niñez. Todos sin embargo sienten en lo más recóndito de su ser, esas ansias de cantar y danzar despreocupante. Y este es el mejor pregón de una fiesta: Aquel que el propio pueblo nos brinda, cantando su música más íntima, participando activa y masivamente en la espontánea alegría de unas jornadas de fraternal convivencia, ajenos por completo a cuantos problemas les rodean cotidianamente. Refundiendo así sus nobles costumbres y añadiendo páginas de su ya dilatada historia.

Convirtamos, pues, a Teguise, aunque sólo sea por este corto periodo de nuestra vida, en cántico de amor, de confraternidad, de apertura y compresión con forasteros y coterráneos. Hagamos de Teguise, por estos días, élite de entusiasmo popular, abriendo nuestro corazón son sinceridad, brindando nuestra amistad incondicional. Convirtamos a Teguise, durante sus fiestas, en una poesía, entonando al unísono, con el maravilloso lenguaje del poeta, ese cántico sublime, sentido, de reconocimiento y respeto:

“Digno este canto de tu gloria sea,
¡Oh Teguise inmortal de grata historia!
para cantarte basta hacer memoria,
en medio del fulgar que te rodea.
Recordemos tus triunfos; que se vea
como el oro surgir de entre la escoria,
los hechos más salientes de tu gloria,
brillantes como el sol que nos caldea.
Tus calles y tu aspecto, noble villa,
seméjanse a los pueblos de Castilla
famosos por sus casas señoriales.
Tú también, nobilísima Teguise,
bajo el rayo de sol que te bendice,
ostentas tus conventos inmortales”.

Teguise, pues, abre sus puertas y os emplaza a sus fiestas en honor de Nuestra Señora del Carmen. Teguise os invita y os espera con su corazón abierto y un sincero ofrecimiento de leal amistad.

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